Una selva que traga a su habitantes 

Allá en lo más hondo de una selva que ni nombre tiene, se levanta una hacienda. Parece un refugio, pero es una trampa. Dicen que la maleza cuida a los que allí viven de las matanzas y de la guerra que anda suelta afuera; pero esa protección tiene su precio, y es un precio de sangre. En ese lugar, la tierra no pide agua, pide carne.

Las mujeres de ese terruño llevan la condena en el vientre. Les toca parir y criar para entregar a sus hijos. Es un trato viejo: la selva las deja vivir a cambio de que le den de comer. Así han pasado los años, una generación tras otra, amarradas a un ciclo que no tiene fin ni descanso.

Foto: Elaine Vilar Madruga

Allí nadie sabe lo que es ser libre. Una mujer no es dueña de su cuerpo; es apenas un cántaro que se llena para luego vaciarse en las fauces de esa entidad demiúrgica verde y muda. Es una ley que no se discute: nacer para parir, parir para ver morir.

Las voces de esas mujeres se juntan en un solo murmullo de dolor. Hablan de las que intentaron sacarse al hijo antes de tiempo, de las que esperaban que la edad les secara la sangre para no dar más frutos, de la hermandad que nace entre las que comparten el mismo destino. Se oye el crujir de los huesos y se huele el rastro de la sangre en la tierra, pero no por espantar, sino porque así es la vida en ese rincón infernal. Es un horror que se siente en las tripas, como el hambre, recordándole a uno que, en esa selva, el cuerpo no es de quien lo carga.

Portada del libro: Elefanta Editorial 

Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en el libro.

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