La religión de los más ricos: “The Mindset”

Todo dio inicio con una invitación que era, en rigor, un sacramento del exceso. Douglas Rushkoff, teórico de las pantallas y fustigador de las mitologías del silicio, recibió una oferta que desafiaba cualquier ética académica: un estipendio equivalente a un tercio de su salario anual por el simple gesto de dictar cátedra ante un cónclave de inversionistas en la aridez de un resort exclusivo. La geografía del desierto, ya se sabe, es el escenario predilecto para las revelaciones del capital.

Al sentarse frente a su auditorio, Rushkoff no halló a la masa anónima del mercado, sino a cinco jerarcas del algoritmo, sumos sacerdotes de los fondos de cobertura y la timba tecnológica. No buscaban el oráculo de la innovación ni el vaticinio del gadget de temporada; su angustia era más primigenia, más teológica: ansiaban el manual de usuario para sobrevivir al naufragio de la civilización.

Foto: Douglas Rushkoff

Las interrogantes que le lanzaron eran el epítome de una barbarie sofisticada: ¿Ofrece Nueva Zelanda mayor blindaje que Alaska ante el colapso del clima? ¿Cuál es la aritmética exacta de las provisiones para un encierro eterno? Y la duda que condensa el pavor de la casta: ¿cómo garantizar la lealtad de la guardia pretoriana cuando el dólar sea solo un fetiche de papel sin valor alguno? De ese espanto compartido nació un libro que le tomó a Rushkoff casi cuatro años de exorcismo literario.

El eje de la obra es lo que Rushkoff bautiza como “The Mindset” (La Mentalidad): esa cosmogonía de la élite de Silicon Valley donde la fe ciega en la técnica se confunde con la infalibilidad papal. Es la dictadura del dato cuantificable como única verdad y la convicción, de que los triunfadores del sistema pueden —a fuerza de chequera y fibra óptica— levitar por encima de las consecuencias de sus propios actos.

Rushkoff nos advierte: esta patología es el delirio de un puñado de ermitaños con yate. Un virus que ha colonizado el sentido común. La pandemia de COVID-19 fue el ensayo general de esta secesión social: mientras el mundo crujía, las clases medias y altas ensayaban su propio búnker doméstico entre el delivery, el algoritmo de Amazon y el videoportero como muralla infranqueable. La lógica de los billonarios se volvió, por vía del miedo, la estética de la supervivencia cotidiana.

Cartel: “Stay Safe”

En un inventario de la extravagancia, el autor vincula el consumo de psicodélicos —ayahuasca, LSD, psilocibina— no con la expansión de la conciencia, sino con la consolidación del narcisismo mesiánico de estos jerarcas del algoritmo. En los paraísos artificiales de California, los gurús del código han decidido que ellos, y nadie más, son los elegidos para redimir a la humanidad (previo pago de suscripción). Es la fe que sustituye a Dios por el orgullo propio.

La crónica se vuelve delirante al describir la industria del bunkerismo de lujo. En las entrañas de Texas, se erigen catacumbas para millonarios con boleras, cavas de vino y piscinas subterráneas. Es el triunfo del absurdo: refugios diseñados por personajes como J.C. Cole que prometen la eternidad en una jaula de oro. Rushkoff subraya la ironía sangrienta: la imposibilidad física de salvarse sólo cuando el aire de afuera sea ceniza.

La pregunta que recorre el libro es una bofetada a la meritocracia: ¿por qué quienes poseen las llaves del mundo prefieren financiar la huida antes que evitar el incendio? A diferencia de estos profetas del desastre que se regodean en el fango, Rushkoff propone un viraje hacia lo que la “Mentalidad” desprecia por considerarlo sentimentalismo de baja estofa: la fraternidad, la ayuda mutua y la solidaridad. Se trata de un llamado a la bondad franciscana. Más que la paranoia del búnker, la verdadera respuesta es ,y seguirá siendo, una arquitectura de la caridad.

Portada del libro: Capitán Swing 

Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en el libro.

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