“El hombres en busca de sentido” es una autobiografía que narra las experiencias del psiquiatra Viktor E. Frankl en los campos de concentración nazis entre 1942 y 1945. Al mismo tiempo es un ensayo sobre la logoterapia. Se publicó originalmente en 1946 bajo el título “Un psicólogo en los campos de concentración”.
El autor escribió el manuscrito original en tan solo nueve días. Inicialmente, quiso darlo a conocer de forma anónima para que el mensaje fuera el centro de atención, pero fue persuadido de incluir su nombre. El libro surge en el marco del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo comenzaba a procesar los horrores del Holocausto. Frankl, como judío, fue arrestado en 1942 junto con su familia y enviado a varios campos de concentración, incluyendo Auschwitz y Dachau. Su esposa, sus padres y su hermano no sobrevivirían.

Entre sus páginas, expone los fundamentos de la logoterapia, una escuela de psicoterapia que desarrolló antes de la guerra y que refinó a partir de sus experiencias en los campos. Durante su internamiento, reconstruyó sus ideas en pedazos de papel que conseguía a escondidas.
El término “logoterapia” proviene del griego logos, que Frankl interpreta como “sentido” o “propósito”. La logoterapia postula que la principal motivación humana no es el placer (como en Freud) ni el poder (como en Adler), sino el deseo de encontrar un sentido en la vida. Este impulso, conocido como la “voluntad de sentido”, es lo que da propósito a la existencia y permite al ser humano enfrentar incluso los peores sufrimientos. Sin un sentido, las personas pueden caer en lo que Frankl llamó el vacío existencial, un estado de apatía, aburrimiento o desesperación que surge cuando no se percibe un propósito en la vida.
Aunque el ser humano no siempre puede controlar las circunstancias externas (como la tragedia o las limitaciones), siempre tiene la libertad de elegir su actitud frente a ellas. Esta “libertad interior” es un pilar clave de la logoterapia. El sentido de la vida varía de persona a persona y puede cambiar con el tiempo. No es algo que se “invente”, sino que se descubre. Enfatiza que incluso en el sufrimiento inevitable (como una enfermedad terminal o una pérdida), el sentido puede encontrarse al asumir una actitud consciente y significativa.

Frankl observó que muchas personas sufren por estar excesivamente centradas en sí mismas (hiperreflexión). Propone la desreflexión para redirigir la atención hacia valores externos, como ayudar a otros o comprometerse con una causa, con el resultado inminente de aliviar problemas de ansiedad o depresión.
La logoterapia es considerada una precursora de la psicología humanista (representada por figuras como Carl Rogers y Abraham Maslow), que se enfoca en el potencial humano y la autorrealización. Sin embargo, se distanció de algunos aspectos de la psicología humanista, como el énfasis excesivo en la autorrealización, argumentando que el sentido trasciende el yo.
Las experiencias de Frankl en los campos de concentración sirvieron como un “laboratorio” para probar sus ideas. Observó que los condenados que mantenían un propósito (como reunirse con un ser querido o completar una obra) tenían mayores probabilidades de sobrevivir, lo que reforzó su creencia en la importancia del sentido. La logoterapia no está ligada a ninguna religión específica. Él insistía en que el sentido podía encontrarse en contextos religiosos, filosóficos o seculares, lo que la hace accesible para personas de todas las creencias.
Algunos críticos han argumentado que la logoterapia puede ser demasiado abstracta para ciertos pacientes, especialmente aquellos con trastornos mentales graves que requieren intervenciones más estructuradas. Sin embargo, Frankl siempre enfatizó que la logoterapia complementa otras terapias en lugar de reemplazarlas. Y estaba frustrado con las visiones deterministas de la psicología de su época, que reducían al ser humano a instintos o condicionamientos. Quería destacar la dimensión espiritual y la libertad humana, incluso en las peores circunstancias.





