Las moradas: una guía celestial para el laberinto del alma

En 1577, una monja carmelita llamada Teresa de Jesús escribió Las moradas; obra que revela un práctico y fascinante mapa del alma. Es una guía para deshilar ese universo que todos llevamos dentro. Aunque es un texto cumbre de la mística cristiana, su estructura narrativa está influenciada por los libros de caballería que la autora devoraba en su juventud, a menudo a escondidas de su padre. Como ella misma confiesa en su autobiografía, el Libro de la Vida, esta afición la embebía tanto que “si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento”.

Su formación de lectora se filtra en Las moradas. La protagonista es el alma. Su objetivo es una “demanda” —el término de la época para referirse a una gran búsqueda— que busca unirse con su Rey. En su camino, debe enfrentar peligros y obstáculos, como las sabandijas y bestias que acechan en las primeras moradas. Tal estructura narrativa es clave para el dinamismo de la trama: Teresa crea como protagonista una figura femenina, la “blanca palomica”, también llamada mariposilla. Desde que aparece, en las moradas quintas, con su revolotear por el castillo, asegura el continum de movimiento que era afin a las novelas de caballería.

Para Teresa el alma es un espacio físico y tridimensional que se puede recorrer. La describe como un “castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos”. Este no es un edificio simple. Teresa explica que el castillo tiene múltiples moradas “arriba y abajo y a los lados”, todas rodeando un centro luminoso donde reside el Rey. Esta arquitectura compleja, con un camino intrincado hacia un núcleo transformador, es un símbolo de renovación espiritual.

Mucho antes de que habláramos de mindfulness o meditación, ella describió con formidable precisión uno de los mayores obstáculos para el autoconocimiento: el “ruido interno”. Advierte sobre “la barahúnda que aquí ponen los demonios”, una metáfora para el parloteo mental, las dudas, las contradicciones y el tren de imágenes que nos asaltan cuando intentamos cambiar. El proceso implica una suspensión del yo. Esto significa acallar deliberadamente la actividad de los sentidos, la memoria y las funciones ordinarias de la conciencia para poder trascender. Es sorprendente encontrar en un texto de 1577 una descripción tan clara de lo que hoy llamaríamos la muerte del ego.

Uno de los hechos más contraintuitivos sobre Las moradas es que su alegoría central —la de las siete moradas concéntricas que llevan a un núcleo divino— no tiene precedentes claros en la tradición mística cristiana de la época. ¿De dónde sacó Teresa esta imagen tan poderosa? La respuesta, según algunos académicos, apunta a una conexión inesperada: el misticismo sufí. Musulmanes como Bagdad Abul Qasim al-Nuri, ya en el siglo IX, describían en su libro ‘Las moradas de los corazones’ un esquema simbólico idéntico de siete castillos concéntricos para describir el camino interior.

En el epílogo, Teresa se dirige a las monjas y les confiesa por qué escribió la obra. Consciente de la vida encerrada y con pocas cosas de entretenimiento de sus hermanas, les ofrece el castillo no como un conjunto de reglas rígidas, sino como un consuelo. La parte más radical de su invitación es la libertad que les otorga. Les dice que pueden entrar y pasear por este castillo interior “sin licencia de los superiores… a cualquier hora”. En una época de estricta obediencia y jerarquía, esta exhortación a una exploración espiritual personal, es un gesto de emancipación admirable:

“…me parece os será consuelo deleitaros en este castillo interior, pues sin licencia de los superiores podéis entraros y pasearos por él a cualquier hora. Aunque no se trata de más de siete moradas, en cada una de éstas hay muchas, en lo bajo y alto y a los lados, con lindos jardines y fuentes y laberintos, cosas tan deleitosas, que desearéis deshaceros en alabanzas del gran Dios…” Teres de Jesús.

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