Para Goethe, la inspiración poética es una especie de “renuncia de sí” que convierte al creador en un mediador, un canal o una “caña hueca” a través de la cual se manifiestan fuerzas superiores. La describía como una “iluminación significativa”. El verdadero artista era, ante todo, un receptor privilegiado.
En 1827, durante una conversación sobre una novela china que había estado leyendo, Goethe llegó a una conclusión:
“Los chinos piensan, actúan y sienten casi igual que nosotros, y pronto se considera uno como su semejante”.
Su análisis fue más allá, alineando la novela china con obras canónicas occidentales como las de Samuel Richardson y con su propia epopeya “Hermann y Dorotea” Vio en ellas un género literario compartido: el de “la virtud recompensada”. Esta idea es el verdadero fundamento de su ‘Weltliteratur’: reconocer lo universal en lo particular para fomentar el respeto y la comprensión mutua.
Cuando Goethe acuñó el término ‘Weltliteratur’ (Literatura mundial), no estaba pensando en crear un canon de “grandes obras” o una lista de lectura obligatoria. Su visión era mucho más radical: se trataba de fomentar una conversación activa entre las culturas del mundo. Décadas más tarde, este concepto se simplificaría hasta convertirse en lo que Goethe evitaba: una lista estática de obras “dignas de ser traducidas”.
Goethe tenía una visión elevada del oficio de la traducción. Lo llamaba el “comercio espiritual general”. En una carta a su amigo Thomas Carlyle, utilizó una poderosa analogía religiosa que revela la dignidad que le otorgaba a esta labor:
“El Corán dice: ‘Dios ha dado a cada pueblo un profeta en su propia lengua’. Así es cada traductor un profeta para su pueblo”.
Para Goethe el traductor no solo cambia palabras de un idioma a otro; revela mundos, construye puentes y, como un profeta, trae una nueva revelación a su propia cultura.





