Una crónica del duelo: Gueorgui Gospodínov

Nacido en Yambol, Bulgaria, el 7 de enero de 1968, Gueorgui Gospodínov es considerado uno de los autores contemporáneos más leídos y reconocidos de su país. Inició su carrera como poeta en los años 90, pero alcanzó proyección internacional con su primera novela, Novela natural. En Bulgaria, es considerado “el escritor del consuelo”.

Gueorgui Gospodínov

La obra “El jardinero y la muerte” narra el proceso de la enfermedad y fallecimiento de su padre, un jardinero. Gospodínov lo describe como un “dolor punzante casi físico”. Mientras reflexiona sobre la naturaleza de la memoria, a la que considera poco fiable, afirmando que cuando no puede recordar, “lo rellena con imaginación”. La muerte de los padres se presenta como la pérdida de la parte más fidedigna del recuerdo de la propia infancia, planteando la pregunta: “¿sigue existiendo nuestra niñez si perdemos a la última persona que la recordaba?”. El duelo es también presentado como un acto egocéntrico: “duelo por uno mismo en un mundo abandonado. Cómo viviré yo sin…”.

Entre sus páginas descubrimos la sublime conexión con su padre. Gospodínov relata cómo la enfermedad de su progenitor le permitió un nuevo acercamiento, describiendo dos momentos clave: su niñez, cuando veía a su padre como un “gigante”, y la vejez de este. El acto de acompañar al moribundo, de sostener su mano, se describe como un consuelo mutuo y más efectivo que los opioides. El libro explora el dolor de ver derrumbarse al “héroe que lo protegió” y cómo el hijo asume un rol paternal en los últimos momentos.

Padre e hijo (foto)

El padre de Gospodínov representa a una generación de hombres del régimen socialista, “seres ausentes en el hogar” a quienes “ni siquiera enseñaron a abrazar o besar”. A pesar de esta dureza generacional, el autor destaca el “paso evolutivo” de su padre, quien aprendió a abrazar. El padre afrontó la vida con la frase “no hay nada que temer”, interpretada por el autor no como un acto heróico, sino como un gesto generoso para tranquilizar a los demás. Su vida bajo el comunismo fue llevada con ironía; era despedido con frecuencia por “decir algo que no tenía que decir”. No sentía nostalgia por el régimen, y una de sus frases era una declaración política: “Nosotros aquí somos felices solo porque no sabemos lo infelices que somos”.

Gospodínov aborda la necesidad de “domesticar la muerte” para que deje de ser un tabú. Contrasta la actitud de la generación de su padre, con un mayor contacto con la vida rural y la muerte “botánica y zoológica”, con la de la gente de ciudad, “intencionadamente distanciados de la muerte”. Subraya que, a pesar de las diferencias culturales, políticas o religiosas, la muerte es una experiencia que iguala a todos los seres humanos.

Niña en cementerio (foto)

Gospodínov utiliza un lenguaje accesible y coloquial, encarnando la idea de un artista que “dice algo complicado de una manera simple”. Aunque el tema es la muerte, la narración no es densa ni grave, sino que transmite ternura, calidez y belleza. La trama no sigue un orden cronológico. Está compuesta por capítulos cortos que saltan del presente al pasado, como un “patchwork de anotaciones”. La muerte del padre, por ejemplo, se narra hacia la mitad del libro, para luego volver a anécdotas de su vida. Esta estructura desordenada se interpreta como una forma de reflejar que “la muerte es parte de la vida. Está en medio. No es un accidente sino algo orgánico”.

Gospodínov escribió la novela enteramente a mano, un proceso que describe como natural y ligero para un tema tan personal. La escritura funcionó como una terapia y un “pensamiento mágico” para aliviar el dolor de su padre. Él creía que las palabras tienen “esa función de ayudar y de aplazar, de retrasar algo”, en una alusión a Sherezade.

La metáfora central se establece desde la primera línea: “Mi padre era jardinero. Ahora es jardín”. El jardín simboliza a los hijos y el legado. El padre se consume mientras cuida su huerto (sus hijos), y sus frutos maduran a medida que él envejece. La imagen del jardín succionando las fuerzas del padre para alimentar sus rosas y tomates es una poderosa representación del sacrificio paterno. Él sigue viviendo en ese huerto, en sus hijos.

Hombre en campo (foto)

Gospodínov introduce una reflexión sobre el lenguaje técnico de la medicina, que deshumaniza el proceso de morir. Observa con agudeza: “Hasta ahora sabía que el latín era una lengua muerta. Ahora sé que es la lengua de la muerte. La muerte habla latín”.

Entre los campos de fresas de la infancia y el inevitable adiós, Gospodínov teje un relato íntimo y nos hace preguntas impostergables: ¿Cómo se despide una vida en sus últimos días? ¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños? ¿Y cómo afrontamos la ausencia de quienes nos hicieron ser quienes somos?.

Impedimenta Editorial

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