Alec Ryrie, catedrático de Historia del Cristianismo, argumenta que la verdadera “Era de Hitler” no se limita a las décadas de 1930 y 1940, sino que corresponde al periodo de posguerra. Afirma que la cultura occidental ha sustituido al Maestro Jesús como el ejemplo positivo del bien por Adolf Hitler como el ejemplo negativo del mal. Esta “Era de Hitler” se define por un consenso construido sobre los cimientos del antinazismo.
En Occidente la autoridad del Profeta Jesús antes de la guerra no era un vago vestigio. Durante el siglo XIX, una avalancha de “vidas humanizadas de Jesús”, como el influyente libro Ecce Homo (1865) de John Seeley, lo establecieron como un ícono moral incluso para los ateos. Esta narrativa, que presentaba al Maestro Jesús como el líder ético por excelencia, era aceptada por críticos acérrimos del cristianismo institucional como Tom Paine o Bertrand Russell.

Sin embargo, Ryrie identifica una debilidad clave de la época: para muchos cristianos en Europa y América, el fascismo era percibido como un mal menor frente a la amenaza existencial del “comunismo ateo”. Esta jerarquía de valores llevó a que la brutalidad de los nazis fuera minimizada o ignorada, vista como un precio aceptable a cambio de restaurar el orden social. La colaboración de algunos sectores eclesiásticos y la lentitud de las iglesias en general para reconocer la naturaleza real del Tercer Reich representaron un fallo catastrófico. Este fracaso debilitó en las masas la narrativa centrada en la figura del Cristo Jesús.
La Segunda Guerra Mundial fue el crisol donde se forjó la nueva “fe laica” de Occidente. Durante la guerra, se produjo una transición clave: el marco de la lucha se desplazó desde la defensa de una “civilización cristiana”, como la enmarcaba Winston Churchill, hacia una batalla por valores seculares. La visión de Franklin D. Roosevelt de las “Cuatro Libertades” y la acuñación del término “civilización judeocristiana” ampliaron el frente ideológico. Este concepto se mitificó en anécdotas como la de los cuatro capellanes (dos protestantes, un católico y un judío) del buque estadounidense SS Dorchester, torpedeado en 1943, quienes cedieron sus chalecos salvavidas y murieron juntos rezando en la cubierta del barco.
El culmen de este “shock moral” llegó en 1945 con el descubrimiento de los campos de exterminio. La revelación de una maquinaria de muerte industrializada presentó al nazismo no como un enemigo político, sino como un mal absoluto. Esta percepción se cimentó en las décadas siguientes, especialmente en los años 60.
El Juicio a Adolf Eichmann (1961), puso el Holocausto en el centro del escenario. La cobertura de pensadores como Hannah Arendt introdujo el concepto fundacional de la “banalidad del mal”, que moldeó la comprensión del nazismo como una fuerza burocrática e inhumana.

Además, influenciados por la figura del teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer, muchos cristianos progresistas adoptaron el lenguaje de los “derechos humanos” como una forma de expiar las taras de la Iglesia durante la guerra.
Estas nociones arraigaron en la conciencia colectiva moderna. Producciones cinematográficas como: El Señor de los Anillos (la guerra contra Sauron es una versión idealizada de la lucha contra un mal totalitario), Star Wars (el Imperio Galáctico, con sus Stormtroopers, funciona como un claro arquetipo nazi), Harry Potter (la ideología de la supremacía racial de Voldemort es una transposición directa de los principios nazis), o Indiana Jones (la célebre frase “Nazis. Odio a esa gente”), resumen a la perfección el credo vigente.
Sin embargo, Ryrie sostiene que el consenso de la posguerra se está desintegrando, y que el fin de la “Era de Hitler” representa una oportunidad. Las razones de este desmoronamiento son varias. El “monopolio moral” del Holocausto está siendo desafiado por la creciente conciencia sobre otros crímenes históricos, como el colonialismo y la esclavitud, que cuestionan la centralidad de la Segunda Guerra Mundial.
Un sistema de valores definido por lo que odia resulta insuficiente para abordar los complejos dilemas del presente, que requieren una visión constructiva del bien común. El legado del antinazismo se ha convertido en un arma arrojadiza. Por un lado, los progresistas, en palabras de Ryrie, buscan “nuevas personas a las que se les pueda poner la etiqueta nazi”. Esta es la conclusión lógica de una moral negativa que, para funcionar, debe identificar constantemente nuevos males que oponer. Por otro lado, los conservadores reaccionan rechazando todo el sistema de valores post-nazi. Ante esta fractura, Ryrie propone la necesidad de una “síntesis moral” entre ambas partes para construir una nueva ética.

Para obtener una visión completa, es crucial analizar la tesis de Ryrie a la luz de la crítica académica. El historiador Gavriel D. Rosenfeld, en su reseña para Los Angeles Review of Books, ofrece un contrapunto esencial. Rosenfeld argumenta que la idea de una “Era de Hitler” con un consenso moral monolítico es una simplificación excesiva. En su lugar, propone el concepto de una “competencia mnemónica”, donde la memoria del nazismo nunca fue un terreno pacífico, sino un campo de batalla en el que diversos grupos han disputado su significado y centralidad.
El supuesto consenso post-nazi nunca fue universal. Desde el principio, fue desafiado por comparaciones con otros males: católicos irlandeses lo compararon con el imperialismo británico, activistas afroamericanos con el racismo de Jim Crow, y conservadores con los crímenes de Stalin. Rosenfeld sostiene que villanos históricos como Napoleón fueron juzgados usando marcos ilustrados o liberales mucho antes de Hitler.
La crítica más significativa es que Ryrie pasa por alto el papel central que la memoria judía y los supervivientes del Holocausto han desempeñado. Esta memoria se construyó desde una gran ansiedad por su fragilidad. El superviviente Jean Améry temía la relativización del nazismo, mientras que Primo Levi expresó su temor a que la era se estuviera volviendo “distante, borrosa” para las nuevas generaciones.
La perspectiva de Ryrie y la opinión de Rosenfeld, por tanto, ofrecen una imagen más completa y matizada del complejo legado del nazismo en nuestro tiempo.





