A la conquista del género distópico: Yevgueni I. Zamiatin

Al pensar en futuros totalitarios, dos obras monumentales acuden de inmediato a la mente: 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. Sus visiones del control estatal, la vigilancia y la deshumanización han definido el imaginario colectivo del siglo XX. Sin embargo, ambas obras tienen una profunda deuda con una novela precursora, una obra seminal y radicalmente visionaria que, a menudo, permanece en la sombra: Nosotros (título original: Мy), escrita por el ingeniero y escritor ruso Yevgueni Zamiatin entre 1920 y 1921.

Zamiatin fue un ex-bolchevique cuyo espíritu rebelde e iconoclasta lo llevó a una rápida desilusión. Desde los inicios de la era soviética, advirtió con una lucidez profética sobre las crecientes tendencias autoritarias y dogmáticas del nuevo régimen. Su carácter desafiante quedó inmortalizado en el alegre sarcasmo con el que respondió a un interrogatorio en 1919; al ser preguntado si había pertenecido a algún partido, respondió: “¡Al partido bolchevique!”, para luego aclarar que lo había abandonado hacía mucho y no se arrepentía. Su crítica tomó la forma de una sátira de ciencia ficción tan incisiva que fue inmediatamente prohibida en la Unión Soviética. Nosotros solo pudo publicarse por primera vez en una traducción al inglés en 1924 y, durante décadas, circuló en su país de origen únicamente en manuscritos clandestinos.

Yevgueni Ivánovich Zamiatin

Esta novela no es una exploración filosófica de la tensión entre la energía —la herejía, el cambio, la revolución infinita— y la entropía —el orden, la calma dichosa, el equilibrio que conduce a la muerte—. Explorar Nosotros es descubrir la matriz de nuestras pesadillas futuras y comprender la advertencia universal contra cualquier sistema que se declare a sí mismo perfecto y final.

Nosotros nos transporta al siglo XXVI, a una sociedad que ha emergido de las cenizas de una devastadora “guerra de los doscientos años”. Los supervivientes, obsesionados con evitar el caos del pasado, han construido una civilización supuestamente perfecta, estructurada sobre lo que consideran la verdad más pura e inmutable: las matemáticas. Este es el Estado Único, una utopía de la razón que se revela como una asfixiante tiranía entrópica. Su lógica es la del Estado absolutista hobbesiano: una entidad que “absorbe en sí toda racionalidad y toda legalidad”, convirtiendo todo lo que queda fuera de sus muros en un amenazante “estado de naturaleza”.

El sistema se sostiene sobre pilares que aniquilan la individualidad en nombre de la felicidad colectiva. Los habitantes no son individuos, sino “números”. Se les identifica por una letra (consonantes para hombres, vocales para mujeres) y una serie de dígitos. El protagonista y narrador es D-503, el ingeniero jefe de la nave espacial “Integral”. Toda la población reside en una única y vasta ciudad de cristal, rodeada por un imponente “Muro Verde” que la aísla de la naturaleza salvaje e irracional. Las viviendas, al igual que el resto de los edificios, son transparentes. Esta eliminación radical de la privacidad materializa el concepto del Panóptico de Bentham, asegurando una vigilancia constante y mutua donde la razón privada ha sido abolida en favor de una verdad pública y única.

El Panóptico de Bentham es un diseño arquitectónico de una prisión circular propuesto por Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII para permitir la vigilancia constante y eficiente de los reclusos.

La existencia está rígidamente programada por la “Tabla de las Horas”. Millones de números se levantan, comen (cubos nutritivos derivados del petróleo), trabajan, pasean en formaciones de cuatro y duermen exactamente al unísono, en un ballet mecánico perfectamente sincronizado. La imaginación, la pasión y los sentimientos espontáneos se consideran enfermedades peligrosas. La libertad es vista como un “estado salvaje” y desorganizado. El objetivo supremo del Estado Único es garantizar una “felicidad matemáticamente infalible” —la máxima entropía—, y si para ello es necesario obligar a los números a ser felices, se hará.

Las relaciones sentimentales y el amor están prohibidos por ser fuentes de irracionalidad. La ley (“Lex sexualis”) establece que todo número tiene derecho a solicitar relaciones sexuales con cualquier otro. El acto, despojado de todo afecto, se formaliza burocráticamente y no debe durar más de una hora.

La crítica de Zamiatin no es una fantasía abstracta; es una respuesta directa y feroz a las tendencias ideológicas que dominaban la Rusia posrevolucionaria. Su inspiración no solo provino de la deriva autoritaria del régimen soviético, sino también de su experiencia como ingeniero naval en Newcastle, Inglaterra, donde observó de primera mano la deshumanización de la sociedad industrial avanzada.

El blanco principal de su sátira fue el Taylorismo, el sistema de “administración científica” de Frederick Winslow Taylor, que buscaba maximizar la eficiencia industrial optimizando los movimientos de los trabajadores, eliminando su autonomía y convirtiéndolos en engranajes de una maquinaria productiva.

Lenin, quien en 1914 había descrito el Taylorismo como “la esclavización del hombre por la máquina”, lo adoptó con fervor en 1918 como una herramienta capitalista indispensable para modernizar la industria soviética, declarando la necesidad de combinar el poder soviético con “los últimos progresos del capitalismo”. El principal promotor de esta visión fue Alexei Gastev, poeta y fundador del Instituto Central del Trabajo. Gastev defendía un “colectivismo mecanizado” tan radical que creía que su sistema permitiría la clasificación de una unidad proletaria individual como “A, B, C o 325.0075.0”.

Vladímir Ilich Uliánov (alias Lenin)

Nosotros es la parodia aterradora de este culto a la máquina. Los “números” que habitan el Estado Único no son una invención abstracta, sino la extrapolación satírica de un proyecto ideológico real. Zamiatin ridiculiza la idea de transformar al ser humano en un autómata eficiente y sin alma, llevando la lógica de la “razón instrumental” a su conclusión más extrema: una sociedad donde la humanidad ha sido sacrificada en el altar de la eficiencia.

La narrativa se articula a través del diario de D-503, el constructor de la nave espacial “Integral”, un vehículo diseñado para exportar la “felicidad” entrópica del Estado Único a otros planetas. Al principio, D-503 es un creyente devoto del sistema, pero el acto mismo de escribir desata en él un torrente de emociones prohibidas: dudas, sueños y un emergente sentido del “Yo” que entra en violento conflicto con el “Nosotros” colectivo.

Este despertar es catalizado por dos figuras femeninas que representan las fuerzas irracionales y primarias que el Estado Único se esfuerza por erradicar:

[I-330] Es la encarnación de la energía, la rebelión y el deseo. Figura compleja y magnética, mezcla de femme fatale, revolucionaria y hereje, I-330 arrastra a D-503 a un mundo clandestino. I-330 es la líder del movimiento rebelde “Mefi”.
[O-90] Representa el instinto maternal y el afecto primitivo. Su profundo deseo de tener un hijo, un acto biológico natural, se convierte en una transgresión radical. Su redondez (“O”) y suavidad contrastan con el mundo angular y cristalino, convirtiéndola en un símbolo de la vida orgánica y pre-racional que el sistema intenta suprimir.

El conflicto de D-503 culmina al descubrir que la utopía no es hermética. Más allá del Muro Verde existen seres humanos libres, y dentro de la ciudad opera una resistencia organizada. La supuesta perfección del sistema se revela como una construcción frágil, amenazada por la indomable energía del espíritu humano.

La influencia de Nosotros en las distopías más célebres del siglo XX es tan profunda que puede considerarse el plano arquitectónico sobre el que se edificaron. George Orwell estudió a fondo Nosotros, llegando a escribir una reseña sobre ella años antes de publicar 1984. El crítico Isaac Deutscher afirmó que Orwell “tomó prestada la idea, la trama, los personajes principales, los símbolos y todo el clima” de la novela de Zamiatin.

Las similitudes son estructurales e innegables: El Estado Único y el Benefactor son precursores directos de Oceanía y el Gran Hermano. Las casas de cristal de Zamiatin son el antecedente conceptual de las telepantallas de Orwell. D-503 y Winston Smith son hombres integrados en el sistema que comienzan su rebelión a través de la escritura de un diario prohibido. Sus reuniones clandestinas en la “Ancient House” de Nosotros son un claro precedente de los encuentros de Winston y Julia en la “antique house”. La relación con una mujer rebelde (I-330 / Julia) actúa como el principal catalizador de la insurrección. El concepto de la Neolengua (Newspeak) de Orwell se hace eco de la exploración de Zamiatin sobre el control lingüístico y la supresión de la irracionalidad. En ambos relatos, el protagonista es finalmente quebrado por el sistema, renuncia a su rebelión y traiciona a la mujer que ama.

Una diferencia clave reside en el estilo. La prosa de Zamiatin es avant-garde modernist, compleja, metafórica, mientras que la de Orwell es deliberadamente directa, clara y sencilla. Esta accesibilidad contribuyó a la inmensa popularidad de 1984, pero la deuda con el original ruso es indiscutible.

Debosillo (Penguin Random House Grupo Editorial)

Aunque Aldous Huxley afirmó no haber leído Nosotros antes de escribir Un mundo feliz (1932), el propio Orwell señaló que la obra de Huxley “debe derivarse en parte de ella”. La similitud temática central es la rebelión del espíritu humano primitivo contra un mundo perfectamente racionalizado y diseñado para eliminar el dolor. Sin embargo, Zamiatin y Huxley exploran dos caminos distintos hacia la distopía. Mientras Nosotros describe una tiranía impuesta por la fuerza y la razón, Un mundo feliz imagina una servidumbre aceptada a través del placer y el condicionamiento.

Nosotros no es solo un precursor, sino la obra fundacional y filosóficamente más audaz del género distópico. Su genio no radicó únicamente en anticipar los mecanismos del totalitarismo, sino en diagnosticar una tensión fundamental no solo en la política, sino en el universo mismo.

Zamiatin expresó su credo en su ensayo “Sobre la literatura, la revolución, la entropía y otras cosas”. Para él, la vida es energía, cambio y herejía constante. La entropía es el estancamiento, la calma, el equilibrio feliz que conduce a la muerte. Cualquier sistema que se declare a sí mismo como “final” se convierte en una tiranía entrópica que sofoca la vida. La advertencia de Zamiatin, a la que él mismo se refirió como una protesta contra “la civilización europeo-americana”, resuena hoy con una fuerza extraordinaria, no solo como una crítica a regímenes autoritarios, sino a cualquier sociedad que valore la comodidad y la seguridad por encima de la libertad, la individualidad y el “temible” pero vital cuestionamiento del “¿por qué?”. Como él mismo escribió: “No hay una última. Las revoluciones son infinitas.”

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