En La sociedad del cansancio (2010), Byung-Chul Han argumenta que ya no hay una opresión externa clara, sino que los individuos se autoexplotan. Nos convertimos en nuestros propios “capataces” al buscar constantemente ser productivos, optimizados y exitosos, lo que genera un cansancio crónico. Inspirado en el filósofo Michel Foucault, describe el paso de una sociedad disciplinaria (basada en normas y prohibiciones) a una sociedad del rendimiento, donde el lema es “sí, tú puedes”. Esta libertad aparente nos lleva a una presión interna por alcanzar metas sin límites, agotándonos psicológicamente.
Han critica la cultura de la positividad extrema, donde se nos impulsa a ser siempre optimistas y proactivos. Esto elimina la capacidad de experimentar negatividad, como el aburrimiento o la contemplación, que él considera esenciales para la creatividad y la introspección. Aborda cómo la tecnología y la hiperconexión nos fragmentan. La multitarea, lejos de hacernos más eficientes, nos dispersa y nos aleja de la atención debida a las cosas, contribuyendo al cansancio mental. El tiempo libre no es realmente libre. Lo llenamos de actividades “productivas” (gimnasio, cursos, redes sociales), convirtiendo incluso el ocio en una forma de trabajo.

La relación entre La sociedad del cansancio y el budismo es sublime, aunque no explícita en cada página. En el budismo, especialmente en la tradición zen, se valora la quietud, la meditación y la atención plena (mindfulness) como caminos hacia la comprensión profunda y la liberación del sufrimiento. Han contrapone esta “vita contemplativa” a la hiperactividad de la sociedad del rendimiento. En el libro, sugiere que recuperar momentos de inactividad, similares a la meditación budista, es esencial para una vida plena.
El budismo propone la disolución del ego y la ilusión del “yo” como fuente de frustración. Han conecta esto con la autoexplotación moderna: el individuo se identifica con su productividad y consumo, reforzando un ego que se enferma al tratar de cumplir un sin fin de expectativas. En el budismo zen, el concepto de śūnyatā (vacío) no implica nihilismo, sino una apertura a la experiencia sin prejuicios ni apegos. Han aboga por una “nada productiva”, un estado de no-acción. Este enfoque resuena con la práctica zen de simplemente “ser” sin perseguir condiciosos objetivos.
El budismo identifica el deseo y el apego como causas del sufrimiento (dukkha). Han ve un paralelismo en cómo la sociedad del rendimiento alimenta deseos desvariados de grandeza, reconocimiento y productividad, atrapándonos en un ciclo de insatisfacción. Su análisis sugiere que la liberación budista, a través del desapego, podría ser un antídoto a esta perniciosa dinámica.

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