Cuna de gato (Cat’s Cradle) es, posiblemente, la obra más emblemática de Kurt Vonnegut junto con Matadero cinco. Publicada en 1963, en plena Guerra Fría y poco antes del asesinato de John F. Kennedy fue escrita en una época que todavía procesaba el pánico de la Crisis de los Misiles en Cuba, el instante en que la humanidad estuvo más cerca de una aniquilación nuclear.

La historia logra condensar una crítica demoledora a esa necesidad patológica de encontrar sentido donde no lo hay. Se presenta como las memorias de un escritor llamado John (o Jonah, como él mismo se rebautiza), quien planea redactar un libro sobre lo que hacían los eminentes científicos estadounidenses cuando se lanzó la bomba atómica en Hiroshima. Este proyecto lo motiva a averiguar sobre el doctor Felix Hoenikker, uno de los cocreadores de la bomba. Su búsqueda lo lleva a la ficticia isla de San Lorenzo: gobernada por un moribundo dictador llamado “Papá” Monzano, donde descubre una sustancia inventada por Hoenikker llamada Hielo-nueve, un cristal que solidifica el agua a temperatura ambiente. Cabe aclarar que si un solo fragmento llegara al océano, todos los mares, ríos y nubes se convertirían en cristal sólido en cuestión de días. Dado que la vida depende del flujo de agua líquida, la muerte de la biosfera sería total. Lo más irónico es que Felix Hoenikker lo inventó simplemente porque un general de la Marina estaba harto de que sus soldados se quedarán atascados en el lodo. La solución de Hoenikker fue limpiar el lodo congelándolo, sin importarle que la cura fuera infinitamente peor que la enfermedad.

Se describe como pequeños fragmentos que parecen astillas de vidrio o granos de arena, pero con el poder de desencadenar una reacción en cadena global.
El narrador termina contactando a los tres hijos adultos de Hoenikker; Angela, mujer frustrada que se casa con un militar de alto rango. Newt, el hijo menor y Frank, el del medio. Cada uno recibió como herencia un fragmento del mortal Hielo-nueve y lo utilizó para intentar comprar un poco de la felicidad que su padre nunca les dio.
En su travesía Jonah descubre la religión llamada bokononismo, fundada por Bokonon, un exmilitar y náufrago británico, que se dio cuenta de que la verdad sobre la miseria de la isla era insoportable, así que decidió fabricar mentiras piadosas para darle esperanza a la gente. El libro sagrado de Bokonon comienza advirtiendo: “Todas las verdades que estoy a punto de decirles son mentiras descaradas”. En lugar de rezar, los creyentes practican la unión de las plantas de los pies con otra persona. Según Bokonon, esto permite una mezcla de almas y una intimidad espiritual verdadera. Además, el bokonismo postula que la humanidad está organizada en grupos llamados karass, que cumplen la voluntad de Dios sin saberlo. El grupo de Jonah, los hijos de Hoenikker y los habitantes de la isla forman uno, unidos por el destino del Hielo-nueve. Para que la religión fuera atractiva, Bokonon convenció al dictador “Papá” Monzano de que la prohibiera. Así, los isleños practican su fe en la clandestinidad, dándole un toque de emoción y propósito a sus envilecidas vidas mientras “Papá” pretende perseguirlos.
El simbolismo de Jonah, el nombre que elige el narrador John, es la columna vertebral filosófica de la novela. Al igual que el profeta Jonás, que intentó huir de la misión de Dios y terminó en el vientre de una ballena para ser llevado exactamente a dónde debía ir, el protagonista de Vonnegut se siente arrastrado por fuerzas invisibles. No importa qué decisiones tome, el destino lo empuja a la isla de San Lorenzo para presenciar el fin del mundo. No obstante, a diferencia del Jonás bíblico, que predicaba para salvar a Nínive, el Jonah de Vonnegut no puede salvar a nadie. Su texto “El día en que terminó el mundo” deja de ser una investigación sobre Hiroshima para convertirse en la crónica de una extinción. Asume el nombre de Jonás porque reconoce que es una pieza en un orden cósmico que está más allá de su comprensión.

Felix Hoenikker está directamente inspirado en Irving Langmuir, aunque también comparte el peso simbólico de figuras como J. Robert Oppenheimer. Kurt Vonnegut trabajó en el departamento de relaciones públicas de General Electric (GE) en Schenectady, Nueva York, donde su hermano mayor, Bernard Vonnegut, era un científico destacado. Allí observó de cerca a Langmuir, ganador del Premio Nobel de Química en 1932. Vonnegut describió a Langmuir como un científico chapado a la antigua, y muy indiferente a las consecuencias prácticas o morales de sus descubrimientos; para él, la verdad científica era encantadora por sí misma, sin importar quién la usará después. Esta indiferencia ética es el rasgo definitorio de Felix Hoenikker. Aunque Hoenikker no se parece a Oppenheimer en personalidad, sí lo hace en su rol histórico como padre de la bomba. A diferencia de Oppenheimer, quien sufrió una crisis de conciencia y citó el Bhagavad Gita (“Ahora me he convertido en la muerte…”), Hoenikker es retratado como alguien inconsciente que evita reflexionar sobre la destrucción que ha ayudado a formar. Ambos representan el momento en que la ciencia se convierte en un arma apocalíptica bajo el control militar y político.
El título hace referencia al juego infantil de la “cuna de gato”. Donde se manipula un cordel entre los dedos para crear figuras. En un momento clave de la trama, Newt Hoenikker recuerda a su padre, Felix, intentando jugar con él. Felix hace una cuna de gato con el cordel y le dice: “¿Ves? ¿Ves la cuna del gato?”. Newt, ya adulto, concluye con amargura: “No hay maldito gato ni maldita cuna”. Deduce que son únicamente dedos y cordeles. Para Vonnegut, la religión, la política y la ciencia, a veces, son iguales: estructuras elaboradas que creamos pero que por dentro están vacías. Esto simboliza cómo los adultos fomentan mentiras de generación en generación. Se nos instruye a creer en cosas (patria, tradiciones y supersticiones) en lo que son simples situaciones comunes o peligrosas. Y así como en el juego los dedos quedan atrapados en una red de cordel, la humanidad queda atrapada en sus propios dilemas. Felix Hoenikker jugaba con un cordel el día que cayó la bomba en Hiroshima; su desconexión con la realidad es tragedia real.
Vonnegut escribe con sencillez: frases cortas, vocabulario accesible, repeticiones intencionales, canciones inventadas, citas de los Libros de Bokonon. Todo parece ligero, casi infantil… hasta que te das cuenta de que estás leyendo sobre el fin de la civilización con una sonrisa en la cara. La catástrofe ocurre casi por accidente, por estupidez más que por maldad deliberada.





