Los vínculos artificiales (título original: Les liens artificiels) del autor Nathan Devers se erige como un texto provocador y anticipatorio que explora los límites cada vez más difusos entre el mundo físico y los entornos virtuales inmersivos.
La historia se centra en Julien Libérat, un hombre de treinta años cuya carrera como músico y su vida personal han fracasado, llevándolo al borde de la depresión. Su monótona existencia cambia al descubrir el “Antimundo”, un videojuego que recrea la realidad con absoluta precisión. En este universo paralelo, donde la regla principal es el anonimato, Julien adopta el avatar de Vangel y alcanza un éxito sin precedentes, amasando una gran fortuna y ganando fama como poeta. Sin embargo, este ascenso lo arrastra a una peligrosa espiral cuando un encargo amenaza con desestabilizar su doble vida, alejándolo definitivamente del mundo real.

El impulso para escribir Los vínculos artificiales surgió durante el confinamiento por la crisis sanitaria de la COVID-19, un período que Devers sitúa como el catalizador de un “eclipse de la realidad”. La experiencia colectiva de aislamiento combinado con una hiperconexión digital (videollamadas, redes sociales, mensajería constante) demostró la capacidad de la sociedad para estar “mentalmente fuera sin salir físicamente de casa”. Esta paradoja de “juntos y separados, cada uno en su burbuja y todos conectados” validó la premisa de una evasión masiva hacia el metaverso, presentando una nueva etapa de la globalización que sucede “a espaldas del mundo”.
Nathan Devers (nacido el 8 de diciembre de 1997 en Francia) estudió en la prestigiosa École Normale Supérieure y ejerce como profesor de Filosofía. Su sólida formación filosófica impregna la obra, que puede ser interpretada como una crítica alegórica a la pérdida del Dasein (el “Ser-ahí” o “Ser-en-el-mundo”) de Martin Heidegger. Mientras que para Heidegger la existencia auténtica se define por su finitud y su arraigo en un mundo material, el Antimundo representa una huida de esta condición.
El metaverso de la novela encarna el concepto heideggeriano del Gestell (el Dispositivo tecnológico), donde la realidad es reducida a una reserva de recursos manipulables. Al sumergirse en el Antimundo, el individuo renuncia a la contingencia y la confrontación con la muerte, abrazando una existencia inauténtica. La trama traslada así la preocupación de Heidegger por la “pregunta del Ser” a la esfera de la identidad digital.

Devers se distancia de la visión nihilista de autores como Michel Houellebecq. Sostiene que el universo que describe no es simplemente el mundo del pasado “solo que peor”, sino “el Antimundo, lo contrario del mundo”. No es una mera decadencia, sino una negación activa de lo real, un espacio que, en cierto sentido, es perfecto, pero virtual.
Asimismo, la novela reinterpreta el género cyberpunk. A diferencia de clásicos como Neuromancer de William Gibson, que sitúan la realidad virtual en un futuro lejano, Devers ancló su narrativa en el presente inmediato (2022, post-pandemia).
El núcleo temático de la novela es la exploración de la evasión como un imperativo contemporáneo, impulsado por una “pobreza” fundamental en el mundo real. Para la generación de Julien, la realidad es un espacio que “ya no les regala nada”, marcado por la ansiedad, la apatía, el síndrome del impostor y la frustración. El autor define esta dinámica como una espiral, “el círculo vicioso de una generación que se conecta con todo menos con la vida”.
El metaverso permite a Julien liberarse de la “prisión de su vida real”, reinventarse y explorar un abanico infinito de posibilidades que la existencia material le niega. Esta misma libertad virtual se logra a través de una alienación real. La emancipación ontológica de Julien en el Antimundo se corresponde con su abdicación total frente al mundo físico.
La portada del libro, una reinterpretación del cuadro Eco y Narciso de William Waterhouse donde el estanque es sustituido por la pantalla de un smartphone, encapsula una de las tesis centrales del argumento. Devers explica que Narciso se ha convertido en la figura del hombre contemporáneo, que comprende que su rostro “no vale nada si no se refleja”. Las redes sociales y los mundos virtuales proveen un reflejo donde “las aguas le mienten”, ofreciendo “imágenes de imágenes” que no representan nada más que la propia ficción que el usuario crea de sí mismo.

Estilísticamente, la novela confronta dos lenguajes opuestos: una narración elaborada y clásica frente al “argot 2.0” de las redes sociales (tweets, hashtags, jerga de influencers). A medida que la trama avanza, estos lenguajes se “contaminan” mutuamente, reflejando la disolución de las fronteras entre lo real y lo virtual .
El hecho de que Julien alcance la fama en el Antimundo como poeta es una elección narrativa cargada de significado. Plantea la pregunta de si la trascendencia, la belleza y la verdad pueden generarse en plataformas que son, por definición, artificiales. En el Antimundo, la poesía deja de ser una revelación del ser para convertirse en un producto digital viral, demostrando cómo incluso las aspiraciones humanas más elevadas pueden ser absorbidas y recontextualizadas por la tecnología.
Devers sugiere que la revolución digital funciona como una nueva religión, utilizando la definición del escritor cristiano Lactancio de religare (crear vínculos). Las plataformas digitales aspiran a crear una “mondéidad” liberada de la materialidad, superando los límites de la condición humana. Los magnates tecnológicos, representados por el personaje de Adrien Sterner, son descritos como figuras con ambiciones mesiánicas, “mezcla de golden boys y mecenas toscanos” que, como Mark Zuckerberg o Elon Musk, aspiran a “superar la condición humana” e “imitar a Dios” creando nuevos universos.
Al explicar su elección por la novela en lugar del ensayo Devers aseguró: «No tengo ninguna teoría sobre este tema. Solo tengo vértigo, un vértigo enorme, confuso e intuitivo».





