¿La “Utopía” de Tomás Moro es en realidad una sátira?

Cuando escuchamos la palabra “utopía”, casi de inmediato pensamos en una fraternidad ideal, un paraíso terrenal organizado y libre de los defectos de la realidad imperante. Este concepto está tan arraigado en nuestra cultura que lo usamos constantemente para describir nuestros más altos anhelos sociales. El origen de este término se encuentra en el libro Utopía, publicado por el humanista inglés Tomás Moro en 1516.

Retrato de Tomás Moro (por el pintor Hans Holbein el Joven, 1527).

El propio Erasmo de Róterdam, amigo íntimo de Moro, recomendaba leer el libro simplemente para “pasarlo bien y reírse”. Esta intención lúdica se hace evidente en el ingenioso juego de palabras que Moro utiliza para nombrar los elementos clave de su mundo ficticio. El narrador principal, Rafael Hitlodeo, tiene un nombre que se traduce del griego como “experto en sinsentidos”, el Equivocado o, directamente, el Absurdo. La capital de la isla se llama Amaurot, que significa “ciudad oscura” o “difícil de ver”. Y el nombre de la isla misma, Utopía, es un neologismo creado a partir del griego οὐ-τόpος (ou-tópos), que significa “no-lugar”.

Si las pistas en los nombres no fueran suficientes, el siguiente cuerpo de evidencia se encuentra en las propias costumbres de los utopienses. Al examinarlas de cerca, resulta evidente que la comunidad descrita no puede ser tomada como un modelo serio. Dos ejemplos destacan por su ingenio:

• El uso del oro: En Utopía, los metales preciosos son despreciados. Sus habitantes los consideran inútiles y los emplean para fabricar los objetos más viles, como orinales (matellas) y las cadenas con las que sujetan a sus esclavos.

• La elección de pareja: Antes de contraer matrimonio, los futuros cónyuges deben inspeccionarse mutuamente desnudos. El objetivo es asegurarse de que no haya ningún defecto físico oculto bajo la ropa que pueda decepcionar al otro después de la boda.

Estas figuras son herramientas satíricas que utilizan la exageración para criticar el apego desmedido de la sociedad europea al lujo, el dinero y las apariencias físicas, mostrando cuán ridículos pueden ser estos valores cuando se los mira desde una perspectiva completamente diferente.

El golpe de gracia a la lectura literal de Utopía lo da el propio Tomás Moro, quien se inserta en la obra como personaje para cuestionar la narración. El libro se divide en dos partes, y en ellas, este “Moro” ficcional dialoga con el narrador, Hitlodeo, sin aceptar ciegamente las maravillas que le cuenta. El momento más revelador ocurre al final de la obra: después de que Hitlodeo ha terminado su detallada descripción de la isla, el personaje de Moro interviene para afirmar que muchas de las costumbres y leyes de Utopía le parecen “perquam absurde” (completamente absurdas) e inútiles para su aplicación práctica.

Esta autocrítica insertada en el texto es la confesión del autor. Demuestra que Tomás Moro no estaba presentando una doctrina cerrada o un plan definitivo. En su lugar, construyó un diálogo de ideas contrapuestas, una “polifonía” de voces que muestra cómo cualquier propuesta de sociedad ideal es inherentemente problemática y siempre está sujeta a debate. Es el autor confirmando las sospechas que el lector atento ya ha acumulado.

Ilustración de la primera edición de Utopía (1516)

Para entender la lógica interna de la obra, debemos identificar a su verdadero protagonista: el bufón. Esta figura encarna el espíritu carnavalesco que recorre todo el texto, una visión del mundo donde todas las jerarquías se invierten temporalmente y lo que los hombres consideran lo más sagrado es objeto de burla. En el Libro I, durante una seria discusión política en la corte de un cardenal, interviene un bufón que, con sus comentarios, socava la autoridad de todos los presentes. Al ponerse al mismo nivel que el reformador idealista (Hitlodeo) y la figura de poder (el Cardenal), sugiere que, en un mundo trastornado, todas las propuestas pueden ser igualmente absurdas.

Esta inversión alcanza su punto culminante en el Libro II con la anécdota de los embajadores anemolios. Estos diplomáticos llegan a Utopía vestidos con sus galas más suntuosas, cargados de oro y joyas, esperando impresionar. Sin embargo, los utopienses, que usan el oro para los esclavos, se burlan de ellos. Un niño, al verlos, susurra a su madre, confundiéndolos con bufones. La madre responde con seriedad:

“¡Calla, hijo mío! Creo que es uno de los bufones de los legados”.

Lo que en Europa es un símbolo de poder y prestigio, en Utopía es motivo de risa. Moro nos muestra que la cordura y la locura, lo valioso y lo ridículo, dependen enteramente del punto de vista. Más que un tratado como la República de Platón, Utopía se inscribe en la tradición de la “sátira menipea”, un género antiguo que Moro y Erasmo tradujeron y admiraron. Su máximo exponente, Luciano de Samosata, la definía por la mezcla de géneros, la parodia y una idea central: “nada debe tomarse demasiado en serio”.

Por su estructura, su ironía y su escepticismo ante una verdad única, Utopía está más cerca de las obras de Rabelais o Cervantes que de un manual de gobierno. Como señaló el crítico Louis Marin, el verdadero tema de la obra no es un ideal, sino el acto mismo de representar y cuestionar.

Nuestra investigación llega a su fin. Nos llevan a una conclusión ineludible: Utopía no ofrece un destino perfecto al que debemos aspirar, sino una herramienta intelectual. Moro no nos entregó un mapa, sino una brújula para la autocrítica. Su obra nos invita no a soñar con “no-lugares”, sino a pensar más profundamente sobre el lugar que habitamos aquí y ahora.

En “Utopía” el uso de múltiples voces en conflicto, y el cuestionamiento irreverente de toda autoridad no son las características de un plan político. Son los elementos fundacionales de una nueva forma de literatura que tomaba forma en su época: la novela moderna.

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