Thomas Bernhard y lo absurdo de la perfección

La biografía de Thomas Bernhard no es un apéndice de su obra; es un acto que encarna su proyecto estético de descontento. Nacido el 9 de febrero de 1931 y fallecido el 12 de febrero de 1989, este escritor austriaco consagró su vida a una confrontación radical con las instituciones y las ideas recibidas, un gesto quintaesencial de su prosa.

Su obra se distingue por una ácida ironía y una obsesión por la muerte y la autodestrucción, articuladas a través de inconfundibles monólogos musicales y repetitivos. Su feroz crítica a la sociedad contemporánea la identifica como «una época sin referencias en la que ya no se puede creer en nada». Esta postura de amor-odio con su Austria natal culminó en dos actos testamentarios que son, en sí mismos, literatura. Primero, la prohibición explícita de publicar o representar su obra en Austria, un rechazo al canon nacional. Segundo, su voluntad de reposar en una tumba sin nombre, la declaración final de un autor que elige la desaparición antes que la monumentalidad.

Nicolaas Thomas Bernhard

La novela “Maestros antiguos” se desarrolla en un solo día en Viena. El narrador, Atzbacher, un académico, ha sido convocado por su amigo Reger, un musicólogo y crítico de arte de renombre internacional que escribe para el diario The Times. La acción transcurre casi íntegramente en la Sala Bordone del Museo de Historia del Arte de Viena, frente al retrato “Hombre con barba blanca” del pintor Tintoretto, una obra que Reger ha escrutado obsesivamente durante 36 años.

La estructura del libro consiste en un solo párrafo continuo (o, en algunas ediciones, en bloques largos sin interrupciones), que reproduce el flujo incesante de pensamientos de Atzbacher mientras espía a Reger desde una distancia prudente. Reger, sentado en su banco habitual, no habla directamente con el narrador; en cambio, Atzbacher nos sumerge en un torrente de reflexiones sobre la vida de su amigo: su devoción por su esposa recientemente fallecida, su desprecio visceral por la cultura austriaca, su obsesión por desmantelar las “obras maestras” del arte y su teoría de que toda perfección humana es una ilusión frágil. Reger ve defectos en cada pincelada de los grandes pintores —Rubens, Rembrandt, Vermeer— no como un iconoclasta caprichoso, sino como un acto de supervivencia: al encontrar la grieta en lo supuestamente eterno, se libera de la decepción inevitable.

Retrato de un hombre de barba blanca (por Jacopo Tintoretto)

Reger arremete contra todo —los baños públicos de Viena (que señala como “escandalosamente sucios”), la Ópera Estatal, el Pontífice Romano, el filósofo Heidegger, el compositor Bruckner, los turistas rusos, la Iglesia Católica, los políticos y, sobre todo, Austria misma como un país de hipocresía postnazista y mediocridad cultural—. Estas diatribas no son gratuitas; sirven para explorar temas profundos como la soledad radical del ser humano (en una de sus líneas dice “por muchos que sean los grandes ingenios y los Maestros Antiguos que hayamos tomado por compañeros, no sustituyen a nadie; al final nos dejan solos”), percibiendo la muerte como horizonte ineludible y el arte como un refugio precario que, al final, nos traiciona. Atzbacher, temiendo que Reger planee suicidarse tras la pérdida de su esposa, teje un retrato psicológico que revela tanto admiración como frustración: Reger es un genio amargado, un “filósofo musical” que odia lo que ama.

La novela culmina en una revelación inesperada que subvierte las expectativas, transformando el monólogo en una cátedra sobre la absurdidad de la existencia. Bernhard usa este formato para crear una ilusión de tiempo detenido —el día se estira en un eterno presente de rumiación—, haciendo que el lector se sienta atrapado en el mismo banco del museo, asfixiado pero fascinado por la cadencia rítmica de la prosa.

Esta investigación existencial conduce a una conclusión desoladora sobre la promesa del arte de ofrecer consuelo ante la finitud. El gran arte, como todo lo demás, fracasa.

Esta premisa, motor de la novela, no es la excentricidad de un misántropo; es la promulgación de un impulso estético fundamental para la sensibilidad: la búsqueda sistemática de la falla que descompone la autoridad de las obras de arte que el mundo considera perfectas.

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