En las páginas de Dinero y escritura, Olivia Teroba nos entrega un inventario de las asfixias del quehacer artístico. A lo largo de casi cuatro años, la autora se dedicó a la tarea —siempre sospechosa para las buenas conciencias— de profanar el templo de la Creación Literaria para hablarnos de lo que realmente sostiene a la pluma: el recibo de la luz, el pánico al estado de cuenta y la somatización como desastrosa consecuencia.
El ensayo que bautiza el volumen es una disección, de la mitología del escritor en su laberinto de deudas. Teroba nos presenta el panorama del supuesto éxito cultural en el México del siglo XXI: una coreografía de becas que se extinguen como promesas de campaña, concursos que son apenas un tanque de oxígeno y editoriales que confunden la puntualidad con la ciencia ficción.
Aquí se arremete contra la estética de la miseria. Ya basta de canonizar a la pobreza como si fuera el peaje obligatorio para el genio (el culto a las penurias de Elena Garro o Roberto Bolaño). Teroba, siguiendo el rastro de Virginia Woolf pero con el pragmatismo de quien sabe que el “cuarto propio” requiere pagar la renta, exige el derecho al ocio. Su propuesta es un golpe al productivismo: declarar el 2 de mayo como el Día Internacional de la Insurrección del Descanso. Porque en un mundo que nos quiere agotados, el buen ocio es un acto de sabotaje.

El libro se desplaza de la cartera al cuerpo. En “Dientes” y “Odontología”, la boca deja de ser el órgano de la voz para convertirse en el museo de las carencias familiares. El silencio de las madres, esas deudas afectivas que nunca prescriben, se materializa en caries y tratamientos postergados. No hay metáfora más cruel de la clase media que una muela que duele en el mismo tono que una cuenta bancaria en ceros.
Luego aparece la Malinche, esa figura que el nacionalismo usó como chivo expiatorio, aquí rescatada como la santa patrona de la traducción freelance: sobrevivir entre dos mundos, odiándose un poco a sí misma mientras se busca una lengua que no sea la del auto-reproche.
Teroba desmantela el mito del escritor bohemio. La cruda realidad no es más que: el ghostwriting, la corrección de estilo que nadie firma y el tallerismo como técnica de supervivencia. Músculos contracturados y una psique que depende de fármacos para no desmoronarse, aunque esos mismos fármacos le roben la angustia que —¡oh, ironía!— antes alimentaba la prosa. El mercado, es una entidad abstracta que nos pide “amor al arte” mientras los índices de Gini nos dicen que la cultura es un lujo que se paga con fatiga crónica.

Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en el libro.




