Allá por Medjugorje, en una tierra de cascajo y silencios que llaman Bosnia-Herzegovina, Mirjana Dragičević-Soldo soltó su palabra. Dice que el corazón de la Señora Aparecida ha de triunfar, y lo dice con esa voz de quien ya lo ha visto todo. Es el recuento de una de las seis criaturas que, desde una tarde de junio en el 81, juran que se les apareció la Virgen en mitad de la nada.
El libro es purito recuerdo. Una narración que sale de muy adentro, a veces doliendo, como duelen las cicatrices cuando se vuelven a abrir. Mirjana cuenta su vida desde que era una chiquilla en Sarajevo hasta que se hizo mujer de casa y madre, pasando por esos días de 1981 cuando el Gobierno se les echó encima nomás por andar viendo lo que otros no veían.
Lo que tiene la voz de Mirjana, que no tienen los otros —Vicka, Marija, Ivan, Ivanka y el pequeño Jakov—, es que ella venía de fuera. Los demás eran gente del cerro, criados entre las piedras de la aldea. Ella no; ella era de ciudad, traía otros aires de Sarajevo, donde Dios parecía un asunto más lejano.

Todo empezó una tarde de calor, de esas que atontan, allá en la falda del monte Podbrdo. Dice que ella e Ivanka vieron a una mujer joven, toda envuelta en un resplandor que no era de este mundo. Al día siguiente ya eran seis los muchachos mirando aquel prodigio: una figura de una hermosura que asombra, vestida de un blanco cenizo, con su velo y su corona de estrellas, diciendo que era la mismísima Madre de Dios.
Aquel primer momento fue puro susto. Las familias no creían, y el miedo se les revolvía con la incredulidad mientras la noticia corría por los caminos como lumbre en pasto seco, trayendo gente de todas partes a ese pueblo que antes nadie mentaba.
Pero al Gobierno no le gustaron esos milagros. Declararon estado de emergencia y mandaron a los soldados con perros de presa. La policía se adueñó de las calles y los interrogatorios se volvieron el pan de cada día. A Mirjana, que apenas tenía dieciséis años, se la llevaron a Sarajevo para sentenciarla, para que dijera que todo era mentira.

Cuentan que un oficial comunista puso su pistola sobre la mesa, frente a los ojos de la muchacha, y le ordenó que confesara. Pero ella se quedó quieta, con una paz que no le pertenecía a sus años. Si no les hicieron algo peor, fue nomás porque eran niños y la ley se les trababa. En ese entonces, andar con libros de rezos era como cargar contrabando; la gente vivía con el gusano de la ansiedad metido al cuerpo, sabiendo que el Gobierno tenía la mano larga para herir o para desaparecer a cualquiera.
Lo más hondo de Mirjana son esos diez secretos que dice que la Señora Aparecida le confió sobre lo que le viene al mundo. El 25 de diciembre de 1982, se le acabó el verla a diario; ese día recibió el último secreto y se quedó a solas con su encargo.
Ella no habla de eso por alarde. Lo dice quedito, sin aspavientos, como quien cuenta una verdad que ya está escrita. Dice que esos secretos son para dar esperanza, que al final el bien le va a ganar al mal, aunque en el camino haya que pasar por tragos amargos que solo se pasan rezando y con el ayuno, que es la única forma de amansar el destino.

Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en el libro.




