Si cerramos los ojos e imaginamos una ciudad medieval, la iconografía que el cine y las series televisivas han grabado en nuestra memoria es casi siempre la misma, como la de calles cubiertas de fango, campesinos con la cara tiznada de mugre y nobles vaciando bacinicas por la ventana. Esta idea forma parte de una persistente leyenda negra que etiqueta al Medievo como un páramo de inmundicia, encajonado entre el esplendor de las termas romanas y el refinamiento renacentista.
Frente a esta falsa creencia y la desinformación digital, los autores Javier Traité y Consuelo Sanz de Bremond han terminado cristalizando su obra El olor de la Edad Media. A lo largo de sus mil páginas, nos proponen un viaje por una suerte de intrahistoria sensorial que desmonta el mito del «guarro medieval». No buscan con ello vendernos un pasado de fragante lavanda, sino reivindicar el empeño del ser humano por salvaguardar el decoro y la salud en un mundo donde los recursos, sencillamente, escaseaban.

- El auténtico olor del Medievo: más humo que podredumbre
Aunque el olor a ganado y a campo fuese una realidad omnipresente, no era el aroma que definía la experiencia olfativa. Para el hombre medieval, el olor esencial del día a día era el humo de leña. Al fin y al cabo, la madera fue el combustible básico para cocinar, calentar y alumbrar los hogares. Hoy en día asociamos el humo con una barbacoa campestre o una chimenea rústica, pero en aquellos tiempos ese elemento lo impregnaba todo: el pelo, la piel y las vestimentas. Incluso la fabricación de los productos de limpieza dependía de él, ya que sus cenizas eran la base para elaborar la lejía y los jabones caseros.
- Un simple cambio de ropa y otras pautas de higiene
La idea de que la gente solo se bañaba una vez al año resulta insostenible ante la evidencia de la cultura de la camisa. La pulcritud personal se basaba fundamentalmente en la superposición de capas de ropa. La camisa interior, confeccionada en lino o algodón en el caso de las clases pudientes, hacía las veces de barrera absorbente y exfoliante, encargada de recoger el sudor y la grasa corporal. De este modo, mantener la salubridad no dependía de sumergirse a diario en un tina —un proceso costoso que requería acarrear y calentar ingentes cantidades de agua—, sino de cambiarse de camisa, airearla y olerla para comprobar su frescura.
A esto se sumaba un sofisticado aseo diario con palanganas y jarros que incluía el cuidado dental, mediante paños para frotar la dentadura tras las comidas y polvos de menta, mejorana y hojas de avellano verde para mantener el aliento saludable. La medicina de la época, con figuras como la médica del siglo XII Trota de Salerno, recomendaba lavar axilas e ingles con trapos empapados en vino blanco en el que se hubieran hervido hojas de arándano, mientras que la arqueología ha revelado el uso del sphagnum (musgo) como antiséptico para la higiene íntima y la cura de heridas.
- El «miasma»: limpiar por pánico a la muerte
Para comprender más el esfuerzo medieval por la limpieza, es preciso adoptar su mentalidad. Al amparo de las teorías de Hipócrates y Galeno, daban pleno crédito al concepto de miasma, según el cual el aire pestilente y los malos olores corrompían los humores internos, desatando la enfermedad y la muerte. Así, la higiene constituía una medida profiláctica de pura supervivencia; el hedor era sinónimo de un peligro inminente.
- Organización y economía circular al servicio de la higiene

Eso de que las ciudades medievales eran un caos y un completo abandono es otro cliché. Lo cierto es que su ordenación sanitaria contaba con normativas municipales que ya quisiéramos en la actualidad. Sin ir más lejos, en ciudades como Madrid, Siena o Londres, a todo aquel que cazaran tirando desperdicios a la vía pública le caía una buena sanción económica. Es más, en algunas urbes se fomentaba directamente la delación vecinal, ofreciendo al denunciante la mitad de la multa cobrada al vecino incívico.
Ya en el siglo IX, las calzadas de Córdoba contaban con pavimentación y red de alcantarillado. Por su parte, el Monasterio de Guadalupe disponía de una instalación de fontanería con tuberías de plomo y grifos de bronce que abastecían agua caliente y fría.
En el París del siglo XII, los aguadores despertaban a los vecinos al grito de «¡Que los baños están calientes!», anunciando así que las casas de baños ya estaban dispuestas para el servicio. Y, en los Países Bajos, figuras como el Rey de la basura patrullaban las calles para velar por la limpieza de la vía pública.
El estiércol era un bien de lo más preciado. Lo que en la ciudad no pasaba de ser un desecho, en el campo resultaba crucial para la cosecha. Se daba una economía circular: la ropa se remendaba una y otra vez, y cuando ya no daba más de sí, los traperos la compraban para transformarla en compresas o incluso papel higiénico.
- El mito del santo andrajoso: la excepción que refuta la regla
A menudo se citan los casos de santos que vivían plagados de parásitos como prueba de una dejadez generalizada con la higiene. Aun así, aquella inmundicia voluntaria constituía un acto de sacrificio precisamente porque la sociedad valoraba la limpieza. Si los cronistas destacaban con asombro que el religioso Tomás Becket llevaba un cilicio infestado de piojos bajo sus ropas, era justo porque semejante comportamiento resultaba heroico a fuerza de ser insólito.
Mientras que el ascetismo constituía un mero comportamiento de renuncia espiritual, la norma social imperante perseguía con ahínco el aseo. Juana I de Castilla (mal apodada «la Loca») vivía obsesionada con el baño diario y el lavado frecuente de su cabellera, una costumbre que, de hecho, traía de cabeza a su marido, Felipe el Hermoso. Este temía que tanta inmersión en agua caliente le abriera los poros y terminara por quebrantar su salud, en perfecta sintonía con los temores médicos que ya comentamos.

* Las termas romanas eran complejos de baños públicos que, más allá de la higiene, se erigieron como los principales centros de reunión, práctica deportiva y difusión cultural de la época.
* En el habla coloquial de España, un guarro es una persona desaliñada, sucia o que, por pura desadecuación, muestra falta de higiene.
Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en el libro.




