El relato «Ante la Ley» es una parábola asfixiante. En apenas unos párrafos, Kafka narra la historia de un campesino que se presenta ante la puerta de la Ley con la intención de entrar, pero se topa con un guardián prepotente que le impide el paso. Al principio, él da por sentado que la Ley está al alcance de cualquiera. De hecho, la puerta de la Ley está abierta de par en par y hasta el guardián se hace a un lado para que pueda asomarse al interior. Pero no se mete, porque el guardián le advierte que él es un tipo poderoso y que, ahí dentro, hay otros guardianes todavía más temibles. Al enfrentarse a una amenaza tan ambigua, el hombre decide que lo mejor es esperar. Esto nos sugiere que las mayores barreras son la alienación y el sometimiento ciego que nosotros mismos interiorizamos.
Mientras se sienta junto a la puerta, el guardián conversa con él y le va soltando preguntas, pero con una desgana que roza el desprecio. La crueldad llega a su colmo cuando, desesperado, el campesino se desprende de todo lo que tiene para intentar sobornar al vigilante. El guardián acepta cada uno de los bienes sin pestañear, pero se justifica con altanería: «Lo acepto para que no te quede la sensación de no haberlo intentado». Así las cosas, es claro que la institución no rechaza al individuo; simplemente lo va desgastando, alimentando la falsa ilusión de que sus esfuerzos sirven de algo frente al resultado requerido.

Con el paso del tiempo, el guardián acaba convirtiéndose en el universo entero para el campesino. Se olvida por completo de que existen otros centinelas, concluyendo que ese custodio es el único obstáculo que lo separa de la ansiada Ley. Ya desganado y a las puertas de la locura, termina suplicando incluso a las pulgas del abrigo del guardián para que le echen una mano y le ayuden a convencerlo. La tesis es simple, al enfrentarnos con una burocracia insensible, a menudo perdemos de vista nuestra meta original —la Ley, la verdad, el sentido de la vida— acabando obsesionados con los intermediarios.
Al final, fatigado, el hombre percibe un resplandor surgiendo de la puerta de la Ley. Y reuniendo mucho valor, formula la pregunta que por décadas se hacía:
—Si todos los mortales —dijo con débil voz— suspiran por la Ley, ¿cómo es posible que en tanto tiempo nadie sino yo haya osado pedir la entrada?
El guardián, le responde con terrible y trágica sentencia:
—Nadie más podía entrar por este umbral, por cuanto esta puerta estaba destinada únicamente a ti. Ahora mismo me dispongo a cerrarla para siempre.

La imagen insigne del relato es la puerta de la Ley. En la editorial Lujo Ediciones, distanciándose de la forma convencional de una puerta y teniendo en cuenta el estilo kafkiano que desentraña la materia para transformarla en símbolo sublime, optaron por ilustrar la portada de Ante la Ley con la imagen de un hombre contemplando el abismo. Esto es, según su interpretación, lo que el guardián y el sistema orillaron creer al protagonista. Proponen a la puerta de la Ley como un hoyo colosal, de tintes casi orgánicos. Con dimensiones que enfatizan el absurdo de la situación: aquello que habría de ser accesible se torna, en cambio, amenazante. Por su parte, el fondo rojo intenso evoca esa frustración contra la que el campesino lidia, logrando transmitir su angustia y la atmósfera opresiva de la narración.

Nota: Este artículo es una recreación inspirada en el cuento.




