Por qué creer que lo sabes todo es tu mayor limitación: Takeshi Yoro

Nuestra mirada, esa ventana abierta al mundo, no es más que un sistema de exclusión. En una época marcada por la saturación de datos, salta a la vista que el problema no es la falta de información, sino una auténtica «explosión de baka» (de sandez): un rechazo a todo lo que se sale de nuestros esquemas. Esta ceguera voluntaria es lo que el autor Takeshi Yoro define como el muro de la ignorancia, un concepto del que se vale para diseccionar sin miramientos nuestra arrogancia cognitiva. 

En un experimento realizado en la Universidad de Kitasato, se mostró un documental sobre el embarazo a estudiantes de ambos sexos. Las mujeres, para quienes la maternidad era una realidad física potencial, captaron un sinfín de matices. Los hombres, en cambio, despacharon el asunto concluyendo que ya se lo sabían todo. Y no es que no vieran el video; es que su cerebro decretó una suficiencia previa que anuló por completo cualquier aprendizaje nuevo.

A nadie le pillará por sorpresa que se diga que solo comprendemos lo que nos cabe en la cabeza o, dicho de otro modo, que el límite del conocimiento en general —y del científico en particular— viene marcado por nuestro propio cerebro. Esto es, en esencia, lo que evoca la palabra muro que da título al impreso. Uno termina cerrándole la puerta a todo aquello que no está en disposición de aprender por cuenta propia.

Porque el ciudadano de a pie se cree con derecho a tener una respuesta para todo o, cuando menos, piensa que a cada pregunta le corresponde una certeza. Y se equivoca de cabo a rabo: ante cualquier pregunta deberían surgir, por pura lógica, varias respuestas. Se puede vivir perfectamente en una sociedad que asuma esto, pero, por desgracia, mucha gente no lo ve así. 

Para empezar, si dos personas coincidieran en un mismo sitio, cada una te daría una descripción distinta del lugar; y la cosa se complica aún más si encima hay que tirar de la memoria, que ya sabemos que falla más que una escopeta de feria. El mundo, en el fondo, es escurridizo y no se deja encasillar tan fácilmente. 

Y una de las mayores tragedias es que, en muchos casos, el menú que nos sirven los medios de comunicación y las redes sociales solo nos genera la ilusión de haber entendido algo, pero no nos acercan a la comprensión real y, desde luego, no nos transmiten lo que sintieron quienes estuvieron allí… Así y todo, tendemos a dar por bueno lo que nos cuentan como si supiéramos al dedillo y a ciencia cierta cómo ocurrió, un sesgo que encierra un auténtico peligro.

Foto: Takeshi Yoro

Quizá el lector objete que, según lo que se acaba de exponer, casi ninguna afirmación sería de fiar. Pero ojo, que nadie ha dicho que no existan certezas absolutas; de hecho, nos pasamos la vida buscándolas. Lo que defendemos aquí es que debemos cuestionárnoslo todo a cada momento y contrastar los hechos. Ahora bien, uno tampoco puede estar dudando siempre. El panorama tan tremendo al que puede abocar la falta de certezas es, precisamente, lo que empuja a muchos a caer en el sectarismo.

Yoro, un hombre que se ha pasado la vida diseccionando cadáveres y observando insectos en Kamakura, también lanza un hachazo feroz a la urbanización: las ciudades, asegura, no son más que proyecciones de la decrepitud humana. Son entornos diseñados para erradicar su naturaleza, porque el cerebro citadino le tiene pánico a lo impredecible, a todo lo que no se puede medir ni controlar. Creemos que somos dueños de nuestra vida, pero Yoro nos desafía con una pregunta incisiva: ¿puedes controlar conscientemente tu hígado?, ¿puedes ordenar a tus enzimas cómo procesar tu última comida?

Si ni siquiera tenemos el control de nuestra propia biología interna, la idea de un «yo» absoluto no es más que un cuento chino. De ahí surge el concepto budista de muga (el no-yo): la existencia no es una propiedad privada, sino algo que nos ha venido dado por la naturaleza. Nuestra propia anatomía, a través de las neuronas espejo, nos demuestra que no somos islas; estamos cableados para la empatía y la sincronía social. El individuo, es un invento del lenguaje, no una realidad biológica.

Reconocer el muro de nuestra propia ignorancia es una necesidad de pura supervivencia. El aislamiento de un cerebro encerrado en sí mismo solo puede romperse a base de doblar el lomo: mediante el contacto real con la materia y ese esfuerzo sensorial que es imposible simular a través de la tecnología. 

Portada del libro presentado: Taurus 

Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en el libro.

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