«La hormiga Lea sale por primera vez del hormiguero con un grupo de compañeras recolectoras en busca de alimentos, pero lo que hubiera debido ser una simple misión rutinaria se convierte en una odisea. Se ven sorprendidas por un ejército de hormigas enemigas y en el caos de la batalla se pierde en un lugar desconocido. Sola y desorientada no sabe cómo volver al hormiguero. Se ve deambulando por un mundo extraño que tiene que aprender a habitar, a conocer. A Lea le ha llegado el momento de crecer siendo hormiga».
—Maquieira, F. (2024). Una historia minúscula. RM Verlag.

Una historia minúscula dialoga con una tradición artística que utiliza la pequeñez y la transformación para interrogar la condición humana. En el filme El hombre que encogió (1957), de Jack Arnold, Scott Carey pierde tamaño y, con él, la seguridad de su mundo cotidiano; en el libro de Fernando Maquieira, Lea se extravía en un paisaje que, para una hormiga, es igualmente inmenso. Esta perspectiva también recuerda a Gregorio Samsa, protagonista de La metamorfosis de Franz Kafka: al despertar convertido en un insecto, descubre que su cuerpo modificado trastoca radicalmente su lugar en la familia y en la sociedad.
Dicha reflexión sobre el tamaño se desplaza también a las artes plásticas. En la pintura El caminante sobre el mar de nubes (1818), de Caspar David Friedrich, una figura solitaria contempla una naturaleza desbordante que la reduce a una presencia diminuta; allí, la pequeñez no anula al sujeto, sino que despierta su conciencia ante lo desconocido. En estos casos, la escala —física, social o simbólica— no es solo un recurso visual o narrativo: se convierte en una forma de pensar la vulnerabilidad, la soledad, la alteridad y la necesidad de encontrar un lugar propio.





