En la literatura devocional pocas figuras encarnan con mayor dramatismo la abnegación del peregrino ruso, ese hombre errante que hizo de la ascesis un destino. Su periplo vital, marcado por el rastro indeleble de la adversidad, comenzó en la provincia de Oriol. La orfandad lo sorprendió a los tres años, a los siete, una aciaga parálisis le inutiliza el brazo izquierdo, y hacia los veinte, tras un efímero matrimonio, quedó viudo.
El golpe definitivo, provino de la discordia fraterna, cuando un incendio provocado por su propio hermano consumió sus exiguos bienes terrenales. Lejos de sucumbir al encono, y atendiendo al mandato paulino de «Orad sin cesar» (1° Epístola a los tesalonicenses 5: 17), emprendió una marcha por los santuarios de la fe. Transitó así por los caminos convertido en un personaje marginado que solo llevaba consigo tres pertrechos—la Biblia, la Filocalia y un zurrón con pan seco.
«Así el apóstol pone la oración por encima de todo lo demás. Muchas buenas obras se piden al cristiano, pero la obra de la oración está sobre todas las demás, porque nada es posible hacer si ella falta. Sin la oración frecuente no es posible dar con el camino que conduce al Señor, ni conocer la Verdad, ni ser iluminados en el corazón por la luz de Cristo, ni unirse a él en la salvación. Digo frecuente, porque la perfección y la corrección de nuestra oración no depende de nosotros, como asimismo lo dice el apóstol Saulo: “Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”. Sólo su frecuencia ha sido puesta en nuestras manos, como medio de alcanzar la pureza de oración, que es la madre de todo bien espiritual. “Hazte con la madre y tendrás descendencia”, dice san Isaac el Sirio, queriéndonos dar a entender que primero hay que adquirir la oración para luego poner en práctica todas las virtudes».
— Relatos de un peregrino ruso

La obra germina en las entrañas de la Rusia de mediados del siglo XIX, una era modelada por la estampa del strannik, el peregrino itinerante, y la serena conducción de los stárets, venerables sabios. En aquel horizonte florecieron grandes centros de formación espiritual, entre ellos el célebre monasterio de Óptina Pustyn. Este lugar permitía que la piedad popular alternara, en un mismo afán de trascendencia, con mentes de singular inteligencia crítica. Por sus pasillos desfilaron las conciencias de la cultura nacional, como Gógol, Dostoievski, Tolstói y Soloviov, buscando en el consejo de los ancianos una respuesta a los enigmas de su época.
Acaso consista todo el arte de tales relatos en enseñar la arquitectura secreta de la Oración del Maestro Jesús, la cual no es otra cosa sino la invocación incansable de su Nombre Santo con los labios, el corazón y la mente. Esta se condensa en la escueta fórmula «Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador», juntando así en una misma respiración la Fuerza emanada del Nombre Santo con la contrita vergüenza que muestra el publicano del Evangelio.
Conducido por la mano paciente de un stárets, el peregrino se entrega a un hábito que principia en la recitación oral fijada en las cuentas del chotki [1] (tres mil veces hoy, seis mil mañana, doce mil después). La práctica avanza hasta que las palabras, de tanto rodar por la boca, se afianzan en el ser sin esfuerzo ni voluntad propia, pasando luego de los labios a la mente y de la mente al interior. Allí acaban por acompasarse con el ritmo mismo de la sangre y del aire, de modo que la oración, vuelta ya inextinguible y espontánea, continúa incluso mientras el hombre duerme, haciendo de la vida entera una invocación expansiva del Nombre del Maestro.
Anclada en la tradición milenaria que persigue la unión contemplativa con lo celestial, la aventura del peregrino encuentra también inspiración en las páginas de la Filocalia, antología de los Padres de la Iglesia cuya apasionante promesa no es otra que purificar e iluminar el alma hasta la perfección:
“… ni es más alto ni más santo que la santa Biblia, pero contiene las luminosas explicaciones de todo lo que hay de misterioso en la Biblia en razón de la debilidad de nuestro espíritu, cuya vista no alcanza a tales alturas. Te lo haré ver con una imagen: el sol es un astro majestuoso, brillante y muy excelso, al que no es posible mirar de frente. Para contemplar a este rey de los astros y soportar sus encendidos rayos, hay que echar mano de un vidrio ahumado, infinitamente más pequeño y más oscuro que el sol. Pues bien, la Escritura es este sol resplandeciente y la Filocalia es el cristal ahumado. Escucha ahora, quiero leerte cómo se ejercita la oración interior continua.”
— Relatos de un peregrino ruso
A través de la disciplina del hesicasmo [2], que promueve la calma y la quietud, el caminante emprende una vertiginosa travesía sustentada en la amerimnia o despojo absoluto del ruido mundano, la nepsis como una guardia férrea contra las distracciones de la imaginación, y el recuerdo invariable de la Presencia Divina, articulando para ello un método psicosomático donde la respiración y el cuerpo se ponen al servicio de la intención meditativa hasta transformar el ser.
La huella que deja Relatos de un peregrino ruso en la literatura decimonónica de su país es innegable. El célebre personaje Zósima, figura clave de Los hermanos Karamázov, bebe directamente de la espiritualidad de los stárets y, de forma muy señalada, de la figura del monje Ambrosio, a quien Fiódor Dostoievski trató en persona. El autor moscovita halló en este misticismo un verdadero antídoto frente a la angustia existencial y el creciente nihilismo imperante, revelando la práctica meditativa, y en concreto la Oración del Maestro Jesús, como una vía capaz de vivificar a cualquiera, al margen de su extracción social.
A este gran texto dedicamos las líneas de hoy. Su protagonista no pretende hacer gala de elocuencia ni de erudición; su único afán es dar testimonio. Por ello, una prosa recargada o artísticamente impostada habría desvirtuado por completo su esencia. En ese sentido, Relatos de un peregrino ruso se sitúa más cerca de la confesión espiritual que del molde de la novela al uso.

[1] Rosario de lana con nudos.
[2] Sistema contemplativo del cristianismo oriental.
- Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en la obra.




