​¿Obligados a sonreír? La tiranía de la «happycracia»: Edgar Cabanas y Eva Illouz

En el escaparate de nuestra modernidad tardía, la felicidad se vende como el producto estrella. Mientras el calendario nos impone celebraciones artificiales como el Yellow Day —supuestamente el día más feliz del año— y los centros logísticos de Amazon instalan cabinas de mindfulness para que sus empleados recarguen pilas tras jornadas extenuantes, la realidad clínica muestra una historia muy distinta. Nunca antes habíamos tenido tantos fármacos, aplicaciones y talleres para alcanzar el bienestar y, sin embargo, las consultas de psicología están desbordadas por un malestar psíquico que no encuentra consuelo en las terapias motivacionales.

Este fenómeno, analizado por el psicólogo Edgar Cabanas y la socióloga Eva Illouz, nos advierte de que hemos caído en el régimen de la happycracia. Bajo este paradigma, la felicidad ha dejado de ser un anhelo humano para transformarse en un imperativo de control, una herramienta de productividad y una industria que factura miles de millones a costa de nuestra insatisfacción.

Foto: Edgar Cabanas
  • La trampa de la pseudoindividualidad y el fin de la solidaridad colectiva

El avance del neoliberalismo ha traído consigo un giro hacia lo emocional tan sutil como retorcido: el pasarle el muerto de los problemas sociales al civil de a pie. A golpe de una narrativa de meritocracia emocional, nos han colado la idea de que la precariedad, la desigualdad y la pobreza no son agujeros del sistema, sino únicamente taras de nuestra propia entereza.

Si eres infeliz, si no te van bien las cosas o si la salud te flojea, el conflicto es solo tuyo por no haber sabido canalizar tu actitud emocional. Así lo dejan claro Cabanas e Illouz en su radiografía del ciudadano neoliberal.

Esta lógica se carga de un plumazo la auténtica dimensión política del malestar. Al convertir el bienestar en una simple cuestión personal, se desactiva cualquier posibilidad de plantar cara de forma consciente y colectiva. El dolor deja de ser un síntoma de que el entorno también es corrupto para convertirse en el estigma de un individuo que simplemente no sabe gestionarse a sí mismo con eficacia.

  • El «DSM positivo» y la lucrativa revelación de Martin Seligman

El origen de esta «ciencia» tiene tintes de relato místico. En 1998, Martin Seligman, a la sazón presidente de la APA, relató haber tenido una epifanía mientras quitaba las malas hierbas de su jardín. Todo se debió a su hija Nikki, quien,  tras ser reprendida por ir tirando los rastrojos de mala manera, le pidió a su padre que dejara de gruñir y quejarse. De aquella escena doméstica nació la Psicología Positiva, un movimiento que pretendía desmarcarse del enfoque negativo de la psicología clínica tradicional.

Sin embargo, lo que permitió la expansión global de esta disciplina no fue su solidez teórica —a menudo criticada por sus tautologías y la falta de consenso—, sino un respaldo financiero masivo y estratégico. Antes incluso de contar con pruebas metodológicas concluyentes, instituciones como la Fundación Templeton (con aportaciones iniciales de 2,2 millones de dólares y posteriores de 5,8 millones), Atlantic Philanthropies y el NIA regaron de recursos a Seligman.

El golpe de efecto definitivo llegó en 2004 con la publicación de Character Strengths and Virtues, un manual concebido a todas luces como el «anti-DSM». Mientras que el DSM de toda la vida se encarga de catalogar trastornos mentales, este «DSM positivo» pretendía estandarizar una taxonomía universal de virtudes. El objetivo no era otro que legitimar científicamente el negocio de la autoayuda y el coaching, revistiéndolos de un aura de validez de la que, hasta entonces, carecían por completo.

  • «Emodities»: la fábrica de los sentimientos y el capital emocional

Bajo el ala del capitalismo emocional, nuestras sensibilidades más íntimas han terminado por mercantilizarse. El neologismo emodity —la emoción convertida en bien de consumo— ilustra a la perfección cómo la paz interior o la resiliencia se fabrican y se despachan hoy como cualquier otra mercancía. 

En el entorno laboral, esta tendencia ha creado una nueva jerarquía social basada en el capital emocional. Las empresas ya no solo exigen competencias técnicas, sino una personalidad adecuada que aumente la productividad. Se genera así la paradoja del sujeto “emocionalmente competente”. Se le exige una constante verbalización de sentimientos para mejorar el rendimiento del equipo. Al mismo tiempo, se le impone un dominio impersonal de sí mismo donde las emociones negativas (queja, ira, frustración) son estrictamente prohibidas por ser improductivas.

La industria de la felicidad despliega todo su arsenal para apuntalar este sistema: desde aplicaciones de bienestar como Happify, que gamifican la salud mental a la par que recopilan datos biométricos masivos, hasta cabinas de relajación instaladas en hogares o empresas que prometen parchear en minutos lo que en realidad son problemas estructurales de explotación laboral, pasando por un mercado global de consultoría y coaching que vende la búsqueda de la mejor versión de uno mismo como un proyecto de inversión inagotable.

Foto: Eva Illouz
  • El enfriamiento de la intimidad: cuando el querer se reduce a una suma de datos

Esta obsesión por racionalizar los sentimientos ha terminado por contagiar a las parejas actuales. En sus libros Intimidades congeladas y La salvación del alma moderna, la socióloga Eva Illouz utiliza la expresión “enfriamiento de la intimidad” para explicar cómo las aplicaciones de citas nos hacen analizar las relaciones de forma indiferente y puramente cerebral. La otra persona deja de ser un ser humano complejo, con todos sus matices, y pasa a convertirse en un simple catálogo de datos fáciles de medir. Al final, todo se reduce a comparar perfiles en una especie de mercado digital donde las relaciones se vuelven un mero intercambio de conveniencia.

Vivimos bajo el imperio del rechazo sistemático: esa facilidad de revocar al otro ante la certeza de que siempre aguarda una oferta mejor a un solo golpe de dedo. Las citas virtuales reducen la condición humana a un burdo mercadillo donde maximizar las ganancias es la única ley.

  • Anestesiar el dolor, un arma de doble filo: del laboratorio militar a la crisis sanitaria

La deriva de la resiliencia obligatoria alcanzó su lado más oscuro en el programa Comprehensive Soldier Fitness del ejército estadounidense, que contó con una financiación de 145 millones de dólares y estuvo supervisado por Seligman. El objetivo final no era otro que moldear soldados imperturbables a base de la doctrina del optimismo; una prueba evidente de que la happycracia es, a fin de cuentas, una herramienta de control al servicio del Estado.

Ese mandato se convirtió en una forma de violencia simbólica durante la pandemia. Al exigirnos optimismo en mitad de un duelo sin funerales y del aislamiento, se invalidó la tristeza, que es, en realidad, una herramienta clave para la crítica social.

Para entender por qué esto es un error ontológico, basta con echar un vistazo al experimento de las ratas y la adicción: los roedores que estaban aislados se enganchaban al agua con droga para poder sobrellevar el vacío; en cambio, los que vivían en comunidad y en un entorno social, rechazaban la sustancia. Al final, la felicidad no es tan solo un músculo psíquico que se entrene por dentro, sino también el resultado directo del entorno y de los vínculos que creamos con los demás.

Portada del libro presentado: Ediciones Paidós

*Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM, por sus siglas en inglés). 

* Asociación Estadounidense de Psicología (APA, por sus siglas en inglés). 

Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en el libro.

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