Conjeturas, teorías y evidencias: la intuición a examen por el Dr. Mikel Alonso.

“La intuición sigue envuelta en una aureola de misterio e incluso produce miedo en algunos individuos. Pero es una función presente en tu cerebro. Tienes la capacidad de digerir alimentos, pestañear de forma automática para que tus ojos estén bien lubricados o levantar las cejas espontáneamente como reacción natural de incredulidad. Puede que algunas de las ideas que explicaré te sorprendan. La intuición está en cada uno de nosotros.”

—Dr. Mikel Alonso, El valor de la intuición.

Existe una máxima, repetida con tenacidad en el seno de la sociedad burguesa, que nos instiga a la deliberación incesante: «Piénsalo dos veces», «Medítalo con la debida paciencia». Se nos ha inculcado la creencia, acaso desmesurada, de que el intelecto consciente representa el único soberano legítimo en la resolución de cualquier encrucijada. Sin embargo, cuando la ciencia proyecta su luz sobre el claroscuro del cerebro, descubrimos que de las aproximadamente treinta y cinco mil decisiones que configuran el discurrir de nuestra jornada diaria, apenas el centenar atraviesa el estrecho umbral de la consciencia. Cabe preguntarse entonces, con ineludible gravedad, qué naturaleza posee esa fuerza que gobierna el resto de nuestros actos y si, más aún, resulta conveniente dejar la conducción del destino en manos exclusivas del yo analítico.

​Así como el mundo natural ha dotado al organismo de complejos órganos para la asimilación nutricia, la estructura cerebral alberga el módulo intrincado consagrado al ejercicio de la intuición. Su cometido no es otro sino procesar la copiosa corriente de impresiones y datos recibidos de forma inadvertida. En su silente labor, este engranaje sopesa una mole de información inmensamente mayor a la que la exhaustiva razón alcanzaría jamás a clasificar.

​El término intueri, acuñado por la antigüedad latina para designar la observación atenta, fue adquiriendo con el paso de los siglos una inflexión introspectiva. Filósofos de la envergadura de Plotino, Tomás de Aquino, Descartes, Kant o Bergson concibieron la intuición como un aprehender inmediato, exento de las mediaciones del raciocinio discursivo. Hoy, la neurociencia seculariza aquel misterio que la filosofía vislumbró. Mediante la observación objetiva del encéfalo, nos es dado presenciar la génesis del juicio antes de que la percepción plena reclame su autoría. Lo que en otro tiempo se veneró como noción metafísica se revela actualmente como función orgánica cuantificable, susceptible de adiestramiento y de una precisión con frecuencia deslumbrante.

Ilustración: Intuición omnidireccional

“Todavía en muchas conferencias me encuentro con personas incrédulas cuando expongo que el 99,74 por ciento de las decisiones que tomamos son inconscientes, y algunos me miran como si fuese un marciano recién aterrizado en la Tierra y estuviese hablando de unos seres distintos que viven en Alfa Centauri y no de su cerebro. Lo sé porque a veces me lo dicen abiertamente obsequiándome con calificativos tan cariñosos como freudiano, esotérico o alguna otra perla.”

—Dr. Mikel Alonso, El valor de la intuición.

​El instinto, por su parte, configura una respuesta innata, es decir, la pauta fija de conducta trazada por la biología, a la manera de la tortuga recién nacida que se precipita hacia las olas o de las aves que emprenden su migración estacional. Mientras que dicha fuerza habita en el código genético, tal como atestigua nuestra arraigada aprensión hacia la oscuridad, vestigio de un pasado remoto donde la noche pertenecía a los depredadores, la intuición representa la vivencia subjetiva de un actuar inconsciente, veloz e inalcanzable para la lógica. Su aptitud no proviene de la herencia filogenética, sino de la previa exposición al problema, pues se enriquece con el estudio, los hábitos y el saber acumulado. A mayor experiencia y aprendizaje, superior será la exactitud probabilística de sus dictámenes.

​Es indispensable discernir entre la intuición y el célebre fenómeno de la revelación intelectual, el denominado «efecto eureka». La tradición evoca a Arquímedes de Siracusa cuando, tras recibir el encargo de verificar si la corona del rey Hierón II había sido adulterada con plata en lugar de ser confeccionada en oro puro, advirtió de inmediato al sumergirse en los baños públicos que el agua desplazada le ofrecía el método para determinar su densidad sin estropearla. Embargado por una conmoción casi infantil, el sabio echó a correr desnudo por el palacio exclamando «¡Eureka!». No obstante, tal hallazgo difiere de la intuición en un aspecto medular: supone el descubrimiento intempestivo de un patrón lógico, esta iluminación donde el origen de la duda se vuelve perfectamente inteligible para la mente. La intuición, en cambio, prescinde de tal explicación, ya que es fallo tácito, inclinación de carácter en el comportamiento que adopta la forma de mandato interior —sea «hazlo» o «evítalo»— imbuido de una sutil carga emocional.

​En última instancia, la intuición es un aprendizaje implícito que madura en paralelo a la atención enfocada para acudir en nuestro auxilio en el momento de la elección. No existe motivo para considerar a este módulo intuitivo como complemento menor de la especulación analítica. Si la evolución biológica ha mantenido a ambos intactos en la arquitectura de nuestro ser, es porque forman un sistema armónico indispensable para la vida. Las determinaciones nacidas del centro intuitivo ostentan una solidez que con frecuencia aventaja a las prolijas hipótesis del entendimiento; comprender sus límites es reconocer que en los vericuetos de la mente habita una sabiduría tan eficaz como la de la diáfana claridad.

Portada del libro presentado: Ariel 
  • Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en la obra.
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