El bueno, el malo y el feo de la moral: Una relectura de José Ingenieros

«Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Solo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento. Innumerables signos la revelan: cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta a Sócrates, la cruz izada para Cristo y la hoguera encendida a Bruno… y cuando, en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad o de Belleza.»

​— José Ingenieros, El hombre mediocre.

Decía don José Ingenieros que al hombre se le conoce de tres modos. Unos nacen para andar a rastras, como los alacranes del monte. Otros son viento que mueve la polvareda: los superiores, que imaginan hasta lo que todavía no existe. Y entre estos quedan los de a medias, sentados a ver pasar la vida sin una sola idea. De ésos está lleno el pobrecito mundo. Los mediocres.

No es que no sepan nada; es que se les achicó el ánimo. El mediocre no piensa con su cabeza, sino con la boca ajena. Es un títere que le rehúye al cambio necesario y se hastía de reflexionar. Nomás busca que le aplaudan, aunque sea de mentiras, para anestesiar el vacío que lleva dentro.

Son tres formas de andar por el mundo. Abajo están los inferiores, que subsisten por instinto. Luego los mediocres, que son la mayoría, dejados, guiados como bueyes de yunta para no desentonar. Y, finalmente, muy de vez en cuando, un valiente (los superiores), los que crean y desentierran a la civilización de sus miserias.

Al mediocre no le da el cuero para razonar; porque se agarra de modas y mandatos inútiles. De ahí a volverse arrastrado hay un paso. Le lame las botas al que manda, mientras mira con recelo al que avanza genuinamente.

Ilustración: El mediocre reparó una silla

​Cuando un pueblo es agachón, las cosas se echan a perder desde arriba. Las oficinas y los puestos de mando se van llenando de demagogos y de gente gris, en lugar de delegados competentes. Así, la política deja de ser un medio para elevar a los pueblos y se vuelve un comedero donde los ladinos van a llenarse el buche a costa de la decrepitud de sus gobernados.

Aquel decir vale para hoy. Las personas siguen amontonándose en ridículos rebaños para no sentirse solas, repitiendo tonterías como ecos del barranco. Mudaron los tiempos, pero la parálisis y aversión al progreso sigue siendo la pauta achacosa de siempre.

Dicen los letrados de ahora y esos fantoches que por todo se escandalizan que don José Ingenieros tenía el alma empinada, que no veía con buenos ojos sino a los que sabían pensar, dejándole el peso de la historia a unos cuantos. Cuentan también que eso de andar dividiendo a la colectividad entre ruines, tibios e ingeniosos es quedarse bastante corto, pues bien se sabe que hasta en el avisado habita la desidia, así como en el apagado se prende a veces una chispa.

Pero no hay que hacerle tanto caso a las habladurías, que don José no era de andar sembrando desesperanzas. Sabía muy bien que hasta el más jodido puede salirse del hoyo si se empeña en cultivar el seso, la entereza y la propia valía; dejando así, a fin de cuentas, un testimonio de purita fe en que la humanidad siempre tiene a la mano la manera de remediarse.

Portada del libro: Linkgua Ediciones, colección Pensamiento, núm. 54.
  • Nota: Este artículo es una recreación literaria inspirada en el libro.
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